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Sueños rotos

PUBLICADO O 27 DE OUTUBRO DE 2016 · (0)



PEDRO ARIAS VEIRA ·


Un conocido poeta lucense y diputado por Marea-Podemos calificó los resultados de las elecciones autonómicas gallegas como un ejercicio de servidumbre voluntaria por parte de los electores. Como tratando de emular a La Boétie y trasladando a nuestro momento su condena del absolutismo del siglo XVI, tildó al pueblo gallego de colectivo de esclavos e ignorantes por haber elegido a Núñez Feijóo.

No fue un mero exabrupto resultado de una amarga decepción, sino un reflejo expresivo del pensamiento político de los nuevos alternativos. Hiriente por la pose de complaciente superioridad que exhala, ni siquiera se dignó a formular matices, como los convencionales de que nuestra gente está maniatada por estructuras y poderes que los fuerzan a votar mayoritariamente al PP. Y ni rastro de un intento de diligencia profesional mínima exigible a un representante del pueblo, que debiera interesarse por las condiciones, preferencias y razones de los electores; que en última instancia son los que lo pagan todo.

Las empresas, tan vituperadas, son más consideradas y atentas con las personas; la inteligente concepción de su propio interés ha consagrado la máxima de que “el cliente siempre tiene razón”. Pero nuestro poeta y diputado vive anclado en estereotipos altivos, propios de las viejas Manos Muertas, intolerante respecto a la diversidad de opiniones cuyo respeto es la piedra angular de la vida democrática.

Otros miembros de la oposición derrotada enarbolaron tesis deslegitimadoras más sutiles, apuntando falazmente que el voto PP pivotó sobre los grupos de personas mayores, con reflejos condicionados por el miedo y el pasado; así como por preferentes orígenes rurales en los que el elector es víctima de las viejas estructuras. De manera que habría que esperar a que el paso del tiempo haga su trabajo, y a que la desertización rural diluya los cimientos del poder adversario. Pero ni mención de exigencias de dimisión a las direcciones responsables del fracaso.

Ha sorprendido esta involución estética y emocional a los esquemas de la vieja intolerancia patria que no acepta el triunfo legítimo y natural de la competencia; que renuncia a la autocrítica y que prescinde de la evidencia más palpable. Hace todavía menos de un año, Marea lograba un espectacular resultado en Galicia superando los 400.000 votos. Los socialistas parecían contener su declinar y con estos dos polos principales la izquierda superaba al centroderecha en Galicia. ¡Nuestra tierra era una comunidad progresista, moderna, poblada por gentes libres e ilustradas! Los mayores habían rejuvenecido, los paisanos ocupaban con sus tractores los centros urbanos, los jóvenes se desembarazaban de las cadenas navegando por Internet, y Marea protagonizaría el nuevo amanecer histórico, que para eso había sobrepasado al PSOE.

Pero ya seis meses después, en junio, una marea desencantada inundaba los espacios de las fuerzas emergentes. No habían sabido gestionar la confianza otorgada y el saldo de las grandes tendencias electorales se había invertido. Los gallegos, esos supuestos peatones históricos encadenados, se habían tornado volátiles, ejercido la facultad de elegir para dar un giro inesperado a la situación y a las expectativas. Pero los líderes del cambio miraron para otro lado y se afanaron en disputarse ellos los puestos, siglas y posiciones de salida sin renunciar a maldades internas, descalificaciones crueles y maniobras orquestadas en la oscuridad. Fue una infravaloración fatal de la inteligencia del pueblo.

El PP no lo menospreció y Feijóo demostró que era un político profesional salido de sus entrañas, como la mayoría de sus cuadros y militantes. La izquierda ha sido una vez más una máquina de sueños para destrozarlos a la menor oportunidad de poder hacerlo en la práctica real. De falsas ilusiones no se vive, sino del trabajo serio y paciente, desde el reconocimiento competente y objetivo de las necesidades de los demás.  



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