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Corrupción singular

PUBLICADO O 22 DE MAIO DE 2017 · (0)



PEPE CASTRO · PERIODISTA


Según el relato bíblico, Abraham no encontró en Sodoma ni diez justos para que Yavé no destruyera la ciudad por la perversión abyecta en que habían caído sus habitantes. El pasaje del Génesis es como una metáfora de lo que está ocurriendo en el país, que se pregunta si quedará algún político en el Partido Popular –y en otros partidos porque ninguno puede tirar la primera piedra– que no esté enfangado en la corrupción por acción, omisión, ignorancia activa, falta de diligencia in vigilando o por ineptitud congénita o sobrevenida. 

En los últimos meses los casos Gürtel y Púnica, Palau y Pretoria, el desfalco de Narcís Serra en Caixa Cataluña, las desvergüenzas de Rodrigo Rato y los Pujol, y decenas de otros actores corruptos fueron noticia de apertura en los medios de comunicación. Pero, por si no fuera suficiente, en los últimos días de abril irrumpió Ignacio González con su  trama delictiva de primer nivel, que casi copa todos los delitos del Código Penal y tiene ramificaciones en familiares, en varias empresas y siembra sospechas sobre una magistrada y sobre la Fiscalía. Quico Pi de la Serra cantaría ahora “si los corruptos volaran no veríamos el sol”. 

Decía el filósofo Josep María Esquirol en una entrevista reciente que “para orientarse algo mejor es conveniente desconectarnos de la realidad”. No le falta razón porque, en palabras de Castelao, “a realidade actual dá noxo” y ante episodios como este es mejor desconectar, porque el caso Lezo es de tal dimensión y gravedad que resulta descorazonador, aún para las personas más equilibradas, y es demoledor para todos los ciudadanos y para el propio sistema democrático.

Pero aunque “a realidade dá noxo”, añadía Castelao que “non podemos fuxir dela” y, por tanto, hay que cambiarla. Como están haciendo la Policía y la Justicia sentando en el banquillo a los corruptos para que paguen tanto latrocinio y devuelvan lo robado. No actúan con la misma diligencia los partidos políticos, que están perdiendo la oportunidad de regenerar la vida pública, el gran reto que tiene planteado España. Esa regeneración pasa por “fumigar” a todos los partidos políticos –empezando por los populares, que necesitan una catarsis profunda–, a los sindicatos, patronales y empresas, y es urgente regenerar las instituciones, incluida la Justicia, para que los ciudadanos recuperen algo de confianza en el sistema. 

Lo ocurrido en torno al canal de Isabel II no es un caso más de corrupción, es un mazazo que indigna a los españoles de bien que trabajan duro, pasan mil sacrificios y penalidades y tienen la sensación de ser unos imbéciles que contribuyen a la causa común mientras otros, que deberían ser ejemplares, roban a espuertas. Este episodio tiene muy mala pinta y consecuencias tan imprevisibles que puede ser la espoleta que desencadene la desestabilización del país.

La corrupción alimenta los populismos, que tienen como objetivo deslegitimar al sistema, asaltar el poder y después instalar el caos. Esa no es la alternativa que necesita el país pero, si los viejos partidos no reaccionan, es la alternativa que viene. Por eso, muchos ciudadanos hacen suya la expresión de Unamuno “me duele España”.



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