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Morir antes de nacer

PUBLICADO O 30 DE MAIO DE 2017 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Desde que en el invierno de 1996 el interés particular primero, el fuego después, y la piqueta finalmente, convirtieron el Gran Teatro de Lugo en un solar al servicio del rendimiento inmobiliario, los lucenses han venido reivindicando el derecho a disponer de un espacio que cubra el vacío dejado por  un edificio que durante casi medio siglo albergó una parte sustancial de la actividad cultural de la ciudad, dicho así grosso modo y sin entrar en detalles.

Estéticamente, el Gran Teatro no era precisamente una maravilla de la arquitectura del siglo XX ni un derroche la imaginación creadora. Además, estaba literalmente pegado a la muralla romana, ese monumento para el que, de unos años a esta parte, los lucenses no paran de reclamar una ronda interior que lo deje exento de las construcciones que menoscaban su poderosa fábrica. El caso es que Lugo se quedó sin Gran Teatro, pese a que desde que se anunció su demolición no cesaron voces y manifestaciones en su defensa. A los lucenses, de tradición más bien indolente, les sobrevino un agudo ataque de sensibilidad urbanística y un hambre desaforada por consumir piezas lírico-dramáticas. Y, en consecuencia, se movilizaron en la calle, con pancartas y todo, para que la burbuja inmobiliaria no les privase de un espacio cultural que a lo largo de su medio siglo de vida había recibido alguna que otra compañía de zarzuela, había levantado su telón para que Rafael Rivelles declamase las moralinas de Benavente y Echegaray había proyectado sobre su pantalla los grandes éxitos cinematográficos de la época y hasta había servido de madriguera y arengario al notario Blas Piñar en uno de los mítines patrióticos con que recorrió España en las postrimerías de Fuerza Nueva. O sea, que necesitábamos otro Gran Teatro, ya que a este Gran Teatro nos lo iban a convertir en edificio de pisos, apartamentos y plazas de garaje.

A esa demanda respondió la promesa, incesantemente reiterada, de la construcción de un auditorio, compromiso en el que coincidieron –incluso a medio de triunfalista oferta electoral– los alcaldes García Díez y López Orozco y los presidentes Fraga y Pérez Touriño. Idéntica disposición mostraron sus respectivos sucesores, tanto el presidente Feijóo como la sobrevenida alcaldesa Méndez, ambos felizmente reinantes y, tanto el uno como la otra, dotados de ejemplar prontitud para la fotografía publicitaria y los discursos inaugurales pero extraordinariamente renuentes a la hora de pasar de la charlatanería a los hechos.

Y es que resulta que la obra civil del auditorio de Lugo está rematada, entregada, recibida e inaugurada con besos en ambas mejillas y pirotecnia política, compartida entre los antedichos presidente Feijóo y alcaldesa Méndez, el uno en calidad de principal tutor económico y la otra por competencia derivada del cargo. Desde aquellos festejos transcurrió ya un añito entero y   verdadero, plazo insuficiente, por lo visto, para la entrada en actividad del edificio pero sobrado para la comprobación de su deterioro galopante. Antes que con cualquier acto público de su incumbencia el auditorio ya se estrenó con goteras, grietas y averías de todo calibre. Ahora mismo está que se cae, el pobrecillo. O por lo menos, se tambalea. Es decir, aún no asamos y ya pringamos. El continente está listo pero del contenido nadie quiere saber nada. La Xunta arguye que ya hizo bastante cargando con el grueso del gasto, lo cual es cierto. Y el Concello dice que está más quebrado que la Banca de don Daniel Romero y que en la prioridad del gasto van antes las canonjías particulares que las necesidades generales.

Los lucenses dan por descontado que esas paredes cuarteadas y desconchadas jamás llegarán a acoger actividad cultural alguna ni espectáculo del gremio al que pertenecen. Confiemos en que, al menos, sirvan de albergue a algunas familias de okupas, tan necesitadas de amparo en estos tiempos de desahucios inmisericordes. No sería mala cosa. Ofrecemos la idea a los concejales de Lugonovo, una especie de Trío de la Bencina reconvertido en la franquicia podemita a nivel local y en versión blandita. Seguro que ellos sueñan cada día con el feliz momento en que el auditorio se inaugure con un gran espectáculo, moderno, reivindicativo y radical: la Orquesta Panorama a todo trapo, por ejemplo. Eso, eso. Pero mientras tanto, démosle utilidad.



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