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¿Quién es el responsable de la desaparición?

PUBLICADO O 04 DE AGOSTO DE 2017 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


Todo empezó con la quiebra de Lehman Brothers. Aquel 15 de septiembre de 2008 el número 745 de la séptima avenida se convirtió en el epicentro de la crisis financiera. En Europa, al principio, los ciudadanos creyeron que la crisis era cosa de otros, pero enseguida se extendió y generó una recesión en cadena sin parangón desde el año 1929. En este contexto, el sistema financiero español, considerado uno de los “más sólidos del mundo”, se reveló muy afectado. Según el último Informe sobre la crisis financiera y bancaria  publicado por el Banco de España, entre 2000 y 2007 los préstamos que otorgaron las cajas de ahorro se incrementaron un 266 %, y un 182 % en los bancos. En el 2005, punto álgido del desorden, el 66 % del crédito iba destinado al sector inmobiliario. El regulador solo advertía una “mayor vulnerabilidad” para lo que desarrolló un sistema de “provisiones dinámicas” que, a posteriori, se veló insuficiente para compensar el ladrillo, las hipotecas basura, los estructurados y las participaciones preferentes. El balance es que el rescate ha costado 60.000 millones de euros de dinero público, lo equivalente a la recaudación anual del IVA, o tres veces lo que se ingresa por  el Impuesto de Sociedades, ahí es nada.

Pero hay otros costes que van a definir el futuro en forma de hipoteca social. Desde que estalló la crisis, la banca decantó su negocio hacia la inversión en deuda pública española, lo que la convierte en responsable solidaria y en su principal acreedor. Con un 74 % de su cartera en renta fija –que ha ido vendiendo al albur de la política monetaria expansiva del BCE–, con toda lógica a estas alturas tendría que haber vuelto ya al negocio clásico. Sin embargo, los datos muestran una tendencia preocupante: el sector productivo recibe liquidez a cuenta gotas, se han disparado otra vez los créditos hipotecarios y de consumo, con el consecuente repunte de la morosidad. ¿Es esto un déjà vu? ¿Qué hemos aprendido?

Parece que no mucho. Los bancos siguen especulando, los controladores permanecen adormecidos y los ciudadanos acaban de enterarse que además del conocido bail-out –o rescate de entidades entre los contribuyentes– hay un nuevo mecanismo, el bail-in, donde accionistas y acreedores asumen el coste de la quiebra. La crudeza de la nueva normativa europea ha caído sobre los pequeños inversores del Banco Popular en un discurso difícil de justificar después de que los rentistas del Monte dei Paschi di Siena cubrieran sus pérdidas con fondos procedentes de un rescate público.

España ha servido una vez más de banco de pruebas. Tras años de dudas sobre la veracidad de las cuentas del Popular, el 6 de junio la Junta Única de Resolución determinó la inviabilidad de la entidad por imposibilidad de atender sus compromisos de liquidez. El Mecanismo Único de Resolución Europeo propició la venta al Banco de Santander por un euro. Solo unas semanas antes, Saracho declaraba que la única solución para salvarlo de la quiebra era su venta. Un mensaje claro y transparente con una consecuencia fácilmente previsible: la fuga masiva de depósitos. De nada sirvió ya que la CNMV negase el riesgo de insolvencia; el mal estaba hecho. La cotización se desplomó y los depósitos huyeron.

Dicen que el Banco sucumbió por un problema de liquidez, no de solvencia, y esto es innegable. También lo es que, si fuese solvente, la entidad no hubiese tenido problemas de liquidez. Lo cierto es que sus dificultades eran graves ya cuando se abordó el proceso de liquidación de las Cajas, incluso antes. El Banco que absorbió al Pastor se vio muy tocado por la exposición al tardoladrillo, que le estalló temporalmente el 15 de julio de 2008 cuando Martinsa-Fadesa se declaró en concurso de acreedores voluntario –el Popular era su tercer prestamista–. Esto y alguna otra macro-operación fallida fueron la gota que colmó el vaso para que en 2012 no pasase los test de estrés, salvo que, como así fue, se le permitiera hacer una emisión de capital a la que siguieron otras, en una huida hacia delante. El “Banco español con el negocio principal más rentable” –rezaba la publicidad de la última captación de fondos, avalado por la CNMV–, se hundió sin que el maquillaje de sus cuentas pudiera mantenerlo a flote por más tiempo, su descapitalización había llegado al límite.

La peor parte se la han llevado los accionistas, los titulares de bonos subordinados y convertibles, que han perdido su inversión. A cambio, la operación se justifica por la salvación de los depositantes. No es difícil deducir que quedan aún por dirimir las responsabilidades de una gestión negligente de sus dos últimos presidentes; las claves  políticas de la decisión en España y Europa y, veremos si también, las consecuencias judiciales. Es evidente que aquí han fallado tanto los gestores, como los controladores y los auditores, de los que, por cierto, nadie habla y después de 30 años analizando la entidad, algo deberían haber dicho.

El movimiento de ficha que acaba de producirse revela el comienzo de la segunda fase de reestructuración bancaria, en un escenario de alta concentración del negocio, muy por encima de la media de la Eurozona. Las cinco mayores entidades financieras españolas, que tenían en 2008 una cuota de mercado del 42 %, a día de hoy representan el 72 %. Esto significa que caminamos hacia un oligopolio financiero, concentrado en un puñado de sujetos capaz de propiciar menor competencia y mayor dificultad de acceso a una financiación adecuada para Pymes y pequeños consumidores. Por si fuera poco, este tsunami se ha llevado por delante más de 15.000 oficinas y 1/3 de la plantilla.

Malas noticias para todos y de manera singular para Galicia, donde este proceso se ha cebado de sobremanera. Si echamos la vista atrás vemos que ya no tenemos las Caixas y tampoco los bancos. Con ellos se fue también la financiación con sensibilidad de “país” y una importante obra social, que ponía la actividad cultural a la vanguardia de grandes capitales como Madrid o Barcelona  quienes, por cierto, siguen conservando lo suyo.



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