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Rogativas y rutas turísticas

PUBLICADO O 28 DE SETEMBRO DE 2017 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Ni los esporádicos temporales estivales con pedrisco y lluvia a calderos, ni los chubascos del incipiente otoño, ni siquiera los sobrevenidos aguaceros de perfil medio, consiguieron aliviar, en este territorio donde nací y habito, los efectos de lo que se da en llamar “cambio climático”, con su corolario de sequía pertinaz y desertización naciente. El cambio climático, sí, está presente y actuante a pesar de aquella escéptica observación de José Javier Brey, el primo científico de Rajoy.

A medida de que desciende el nivel de los embalses y asoman, como fantasmas de otro tiempo, los huesos del Portomarín medieval o de la chantadina fortaleza de Castro Candaz –el viejo solar de los Eiriz– las autoridades competentes prohiben los baldeos de las calles, restringen el uso doméstico del agua de las traídas y amenazan con medidas rigurosas para administrar un tesoro que los gallegos creíamos inagotable. Quizá fuera el momento de que las gentes dedicadas al negocio turístico empezasen a pensar en establecer una ruta de embalses semidesecados, es decir, un tour que permitiese visitar la Galicia de otro tiempo, los lugares y aldeas que resistieron el paso de los siglo pero no el paso de Fenosa. Portomarín, Castro Candaz, el viejo pueblo de Aceredo devorado por el embalse de Lindoso; la aldea de O Marquesado que se merendó el embalse de Portodemouros... Pueblos que fueron vida, las atlántidas gallegas, que alguien dijo. ¿No es esto también memoria histórica?

Ante el horripilante avance de la sequía, a uno no se le ocurre más sabia actitud que la de solicitar de la jerarquía arzobispal compostelana y de los ordinarios de sus cuatro diócesis sufragáneas la promulgación de una circular dirigida a los curas que rigen sus casi cuatro mil parroquias a que salgan en rogativas ad petendam pluviam. Si alguna vez fue cierto (que parece que sí lo fue) aquello de que el hambre en Galicia entraba nadando y nuestras gentes del campo rezaban pro serenitate temporis, lo que ahora necesita el país es agua. Galicia no ha muerto pese a algunos castigos severísimos a los que se vio sometida mor de anegaciones y crecidas, como aquellas de las que dio cuenta el propio Murguía en La Ilustración Gallega y Asturiana: en aldeas luguesas, las gentes sobrevivieron comiendo (literalmente, pastando) hierba. Pero lo que no consiguieron las lluvias diluviales de otro tiempo puede conseguirlo en éste lo que los gallegos llamamos “a seca”, es decir, la angustiosa y persistente sequía, el cierre de “a billa das nubes”, que dijo don Ramón de Trasalba.

Y lo peor es que ahora ni siquiera cabe el recurso de salir en rogativa, formados todos en procesión con cruz alzada a la cabeza. Por desgracia, el stock de curas en Galicia no llega ni para mantener abiertas al culto nuestras iglesias, capillas y ermitas. No hay curas, los obispos continúan durmiendo la siesta, los feligreses se baten en retirada, no hay fe en los milagros (ni siquiera en los de O Corpiño, que ya lo dijo Antonia  de Donsión: “Iste ano baixou moito o personal. A xente vai agora ao médico da cabeza”. Sobra aclarar que “o médico da cabeza” es el psiquiatra; no se atisban más aguas que las de Mondariz, Fontecelta, Sousas et alii. Por no tener, ni siquiera disponemos de sacristanes capaces de enjaretar media docena de letanías menores. Una pena, pero qué se le va a hacer. Tal es el panorama: sin curas, sin lluvia, sin Santa María do Corpiño que nos eche una mano. La adversidad se ceba con nosotros.



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