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Construyeron su estado

PUBLICADO O 19 DE OUTUBRO DE 2017 · (0)



PEPE CASTRO · PERIODISTA


Hace años, cuando las dos Coreas se enzarzaban por causas menores –menos graves que la crisis de las últimas semanas–, la del Sur activaba la cadena de altavoces que tiene instalados en la frontera para cantar las excelencias propias y desacreditar las terribles condiciones de vida de los vecinos. De esta forma, la Corea democrática ganaba la batalla de la comunicación, que es tan importante como el fuego de artillería.  

El proceder de Corea del Sur me trae a la memoria lo que viene ocurriendo en Cataluña donde, desde hace muchos años, la Generalitat tiene activados sus altavoces de propaganda para desacreditar a la España “vaga y despilfarradora que nos roba”, incluida Galicia y su AVE, y defender el dogma de la independencia “amparándose en falsedades y embaucando a la gente”, en palabras de José Borrell

Los sucesivos gobiernos de España engordaron el nacionalismo que vendió caros los apoyos políticos en Madrid para construir su estado nacional catalán y no regateó esfuerzos ni recursos para ir rompiendo vínculos con el resto de España. Sin ruborizarse, tergiversaron la historia, manipularon los datos económicos, se envolvieron en la bandera y utilizaron las instituciones y medios de comunicación adictos, públicos y privados, que son muchos y potentes, para despertar sentimientos de agravio contra “el expolio” que sufre Cataluña y vender la independencia como la “solución de todos los males”, incluida la desaparición de la corrupción que Convergencia llevó en sus entrañas desde la llegada de Pujol al poder.  

Ese chorro incesante de propaganda despreciativa, oficial y subvencionada, y tantas manifestaciones insultantes hacia España y los españoles –de Puigdemont, de Mas, de Tardá, de Rufián, de Guardiola…”– no fue contrarrestado por los altavoces de los Gobiernos de España –el de ahora y los anteriores– con un plan de comunicación objetivo y veraz para desmontar tanta mentira con informaciones veraces y opiniones independientes.

Tampoco se produjeron avances para buscar desde la política algún punto de encuentro, en gran medida porque no es posible dialogar con alguien que acude a la mesa con condiciones predeterminadas que están fuera de la legalidad, como el referéndum unilateral o el derecho a decidir.

¿Y ahora, qué? Escribo el 2 de octubre, al día siguiente de la farsa del referéndum, y la cuestión catalana toma un nuevo rumbo. Al margen de otras consideraciones, hay que decir que en ese domingo aciago perdimos todos, los puentes están más rotos y las posibilidades de diálogo para explorar alternativas inclusivas –federalismo, confederalismo, nueva financiación– son escasas, por no decir nulas, porque ellos dicen que están en otro escenario.

Llegados a este punto, la deriva que tome el procés depende de los dirigentes de la sociedad catalana, los secesionistas, que son tan activos que, perdida la reputación política, seguirán desafiando al Estado.

Por eso, en este otoño brumoso, comparto los sentimientos del profesor Antonio Elorza: toca ser pesimistas. El problema catalán puede tener arreglo con nuevas concesiones para ir tirando unos años más, pero no tiene solución y está llevando a España a una crisis inconmensurable que desestabilizará la política, la economía y la sociedad y acabaremos pagando todos.



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