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España sin Cataluña. Cataluña sin España

PUBLICADO O 06 DE NOVEMBRO DE 2017 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


El ser humano tiene habitualmente una contradicción entre el plano emocional y el real, una disyuntiva que apreciamos también en el “el tema catalán”. Los independentistas quieren hacen prevalecer su sentimiento identitario –plano emocional– sobre todo lo demás, y así la independencia se convierte en un bien superior por encima de cuáles sean sus consecuencias. El otro plano, el real, obliga a evaluar las ventajas e inconvenientes de la independencia desde una perspectiva cuantitativa, en un contexto de transición que se antojaría complejo. Vayamos por partes.

Es sabido que el año 1978 marcó un antes y un después en la realidad política, económica y social de España, a partir del que se abrió un período de prosperidad y avance sin parangón, gracias, en parte, a la descentralización.  La Constitución Española, que distinguió entre regiones y nacionalidades, vio superada de facto esta distinción en el momento en el que se decidió el “café para todos”. Así,  lo que en un principio se recogió en la Carta Magna para calmar las tensiones territoriales preconstitucionales no hizo más que agudizarlas y nada se hizo por aliviarlas. El problema viene, pues, de viejo.

Allá por el mes de septiembre del año 1977, en la celebración de la última Diada preconstitucional, el lema consensuado para la manifestación era “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, pero se oían ya entonces soflamas tales como “hoy paciencia y mañana independencia”. Entenderemos que, sin remontarnos a los años 30, comprobamos que el proceso político de Cataluña no es nuevo ni se circunscribe a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, sino que el independentismo supo aprovechar el momento para difundir el mensaje del “España nos roba” y esconder así, entre otras cosas, los déficits de gestión interna y utilizarlo para canalizar la frustración social que se vive en Cataluña como consecuencia de la crisis económica y las políticas de austeridad que, al igual que en otros sitios, actuaron como disolvente de la cohesión social que tantos años había costado conseguir. La independencia se utilizó como el revulsivo a esta situación y el antídoto para todos los males de los catalanes.

Pero, ¿es esto creíble? Nada más lejos de la realidad. Estamos viendo que el plano emocional ha dejado paso al real y la convivencia y la estabilidad del país están siendo amenazadas. Las consecuencias finales son evidentes desde el punto de vista social: fractura y división; las económicas indeterminadas, pero de enorme calado y con unos resultados que serán perversos y adversos sobre la recuperación y el empleo.

Se abre paso la incertidumbre para España, para Cataluña y, como no, para Galicia. Los mercados han asistido impasibles al proceso, hasta que los acontecimientos se han precipitado y ahora parece que “lo de Cataluña” va en serio. Cae la bolsa, se hunden las empresas catalanas que permanecen, suben las cotizadas que se van, las agencias de calificación bajan la categoría del bono catalán al nivel de la deuda de Ruanda, etc., si bien, lo peor está por llegar, porque las decisiones estratégicas y de fondo producen efectos a más largo plazo.

La vacilación y la falta de concreción sobre lo que va a ocurrir al cierre de esta edición, no nos permite hacer una previsión en un escenario cierto, pero sí plantearnos un hipotético escenario futuro de independencia, donde estaría en el aire el presupuesto del sector público, la estabilidad macroeconómica, la posible venta de Bankia, la inversión territorializada, el sistema de financiación autonómico, etc. Una Cataluña independiente formaría un país con una población que se aproxima a la de Suiza y un PIB que, a día de hoy, no está lejos del de Noruega. A priori todo apunta a que esto le aproximaría a un Estado viable a medio o largo plazo. Pero esto es así ceteris paribus, es decir, tal cual está hoy, pero ¿se mantendría?, ¿no habría fuga de capitales?, ¿qué pasaría con su pertenencia a la UE?, ¿alguien les ha contado a los ciudadanos el coste que tendría la independencia para las generaciones más inmediatas? Es decir, ¿alguien le dijo a los catalanes el empobrecimiento económico al que les llevaría la independencia? Igual es que no interesa, porque aquellos que han de hacerlo siguen en el plano emocional y lo real es solo cosa de los economistas.

 Y, ¿qué hay de lo nuestro?

El resto de España acusaría el golpe durante mucho tiempo, quizás más incluso que Cataluña, porque no perdería solo el 20% del PIB sino también su principal base industrial y una porción nada desdeñable de los cotizantes a la seguridad social.  El saldo fiscal neto sería negativo con una repercusión directa sobre el Estado de Bienestar, la renta nacional,  la personal  y la empresarial. ¿Qué significa esto para Galicia? Pues, en términos reales, a día de hoy implicaría perder entre 800 y 1100 millones de euros de financiación autonómica, un 11% sobre el presupuesto del 2017 y lo equivalente al impacto que tuvo la crisis económica  mantenido en el tiempo de manera permanente. Recortes inmediatos sobre los servicios básicos tales como la educación, la sanidad, los servicios sociales, a los que habría que sumar una caída en el importe de las pensiones, que ya son de las más bajas de España. Los flujos comerciales se verían resentidos por tener que reconducir la operativa hacia un tercer  país, con costes directos para sectores como el metalúrgico, el turístico, el audiovisual, el conservero, el textil y tantos otros que se verían perjudicados.

El resultado de este proceso no será nunca un juego de suma cero y, pase lo que pase, estamos ante aquello que Albert O. Hirschman llamó la “retórica de la intransigencia”, con la que todos perdemos. La realidad, nuestra realidad, no es tan extraña como nos pudiera parecer. Si la contextualizamos nos damos cuenta de que el cosmopolitismo vivido en la etapa anterior se ha replegado y canalizado a través de diferentes maneras, una de ellas la que estamos viviendo en Cataluña. Pero todo tiene un límite, y lo que comenzó siendo una demanda de más autogobierno no puede acabar siendo la creación de un estado propio que focalice la independencia solo del lado de la demanda porque, ¿qué ofrecerá esa independencia a los ciudadanos? Espero no tener que comprobarlo nunca. ¡Qué vuelva la cordura! 



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