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Cataluña se va de España

PUBLICADO O 07 DE NOVEMBRO DE 2017 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


No creamos que lo que está ocurriendo en Cataluña se debe a las erróneas políticas de los últimos tiempos. Estas sirvieron para agudizar y acelerar la carrera hacia ninguna parte, pero hace ya décadas que los catalanes comenzaron a dejar España aunque su materialización llegue de la mano de Carles Puigdemont que no hace más que recoger el testigo y poner sobre el papel lo que ya existía de facto.

El que vivimos es el cuarto intento de Cataluña de dejar España. Todos fracasados, el último solo por el momento, pero todos con el balance de servir para dar un paso más hacia ese anhelo de una gran parte de la ciudadanía que ha permanecido latente. Si fuéramos sinceros reconoceríamos que siempre supimos que Cataluña no es España; que la burguesía, las élites y las clases más privilegiadas se creyeron siempre independientes de los problemas y los logros españoles; que los catalanes en general miraron al resto de los españoles por encima del hombro. Y que a ello contribuyeron los beneficios que desde el franquismo hasta el último presidente democrático les otorgaron y que les sirvieron para construir una comunidad que camina por delante de las demás.

Resulta políticamente incorrecto y hasta atrevido decirlo. Incluso más, a quienes se niegan a reconocer la identidad catalana les resulta subversivo, pero no hay más que releer la historia para llegar a esta conclusión. No hace mucho, mientras la burguesía, el empresariado y las clases más privilegiadas mantenían intactas y acrecentaban sus ansias separatistas, nuestros políticos se jactaban de hablar catalán en la intimidad a cambio de su apoyo para gobernar. Pocos años antes habíamos invertido gran parte de nuestra riqueza en dotarlos de unas infraestructuras de las que los demás carecíamos y de abrirles la puerta del mundo a través de unos Juegos Olímpicos que sufragamos entre todos.

Lo que está ocurriendo en Cataluña no se inició ayer por la mañana. Ni lo alientan quienes ocupan las calles y plazas de las principales ciudades. Lo iniciaron y lo promovieron las clases más favorecidas que dicen poder mantener su estatus social y económico con una independencia-dependiente de España en aquellos asuntos que les convengan. El sueño, o la realidad –que nunca se sabe–, de ser independientes de un Estado que les roba, lo tuvieron los grandes clanes empresariales que crecieron gracias a la mano de obra que importaron de regiones más pobres. Y que aún siguen importando. Lo de Cataluña es la revolución de los ricos.

Pero sea lo que sea, que algunos lo tenemos muy claro, lo cierto es que Cataluña está dejando España, y últimamente lo hace a pasos agigantados. Este puede ser el final de un larguísimo proceso de desconexión, de un desencuentro histórico y de una ausencia absoluta de diplomacia para poder reconducir, o al menos intentarlo, las discrepancias.

Porque en la desidia y la falta de iniciativa estuvo gran parte del desencuentro. Se permitió que desde todos los ámbitos de la sociedad catalana se argumentase con datos falseados, con situaciones inexistentes y con episodios históricos imaginarios. Se permitió que la burguesía catalana, el empresariado y las clases adineradas –contrariamente a lo que ocurre en el resto de las nacionalidades, donde la bandera nacionalista la llevan los más comprometidos y solidarios–, creasen un mundo imaginario a su medida. Y nadie tuvo el coraje y la decisión de contraargumentar y de desbaratar la estrategia separatista.

Puede que Cataluña se haya alejado ya demasiado de España en ese viaje de separación. Puede que se reconduzca la crisis que ya lo es de Estado. Pero este no es un problema que haya surgido hace unas semanas, ni unos meses. Hace años que se viene alimentando, insisto, por parte de las clases más privilegiadas, de las élites económicas y empresariales, esas aspiraciones independentistas que ahora han reventado en las calles.  



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