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El fuego puede dar votos

PUBLICADO O 30 DE NOVEMBRO DE 2017 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Cuando escribo estas líneas, el fuego devora mi país. La sierra de O Xurés, en A Baixa Limia, O Courel de Novoneyra, Chadrexa de Queixa, Vilariño de Conxo, Chantada, Ponte Caldelas... Las llamas cercan la ciudad de Vigo y ponen sitio a la Galicia urbana. Tengo a la vista las esquelas de Maximina y Ánxela, dos vecinas de Nigrán: murieron, leo, “vítimas do terrorismo incendiario”. Toda esta tierra nuestra es una inmensa hoguera, encendida por una sospechosa sincronización de mecheros y artefactos incendiarios. No es la sequía de meses ni el calor perdurable ni el despiste de un excursionista: detrás de la fogata que se extiende por los cuatro puntos asoma la trama criminal.

Ahora no es momento para buenismos y paños calientes. Digamos las cosas con la claridad que se demanda en las situaciones límite: unos cuantos hijos de puta organizados en banda terrorista se han propuesto acabar con Galicia. Montes, bosques, hogares, ganado, haciendas y vidas humanas constituyen el objetivo de una camada incendaria en cuyas filas forman no solo pirómanos pendientes de asistencia psiquiátrica sino también especuladores forestales, militantes con o sin carné y hasta algún que otro brigadista antiincendios, dispuesto a lo que sea con tal de que el Seaga se vea obligado a renovarle el contrato.

Como en toda actividad terrorista, aquí hay también factores políticos que no conviene pasar por alto, no vaya a ser que nos tomen por tontos. La frivolidad con que el resentido Echenique trató en la red una tragedia que a la misma hora de su tuit ya se había cobrado tres vidas humanas; o la cínica jeremiada de Iglesias Turrión, siempre dispuesto a hacer de la desgracia ajena un argumento carroñero a favor de la causa, constituyen un buen punto de partida para adentrarnos en la pista (forestal, por supuesto) que lleva a descifrar lo indescifrable. Al respecto, la presencia de Iglesias Turrión en Vigo resultó conmovedora: hace falta un cinismo del rango de En Marea para intentar colar el indecente mensaje de que la culpa de que arda Galicia no es de los que encienden la mecha sino de los que no guardan la leña seca a buen recaudo. Gómez-Reino, un sujeto que ejerce de portavoz de En Marea en el Congreso (¿pero cómo es posible que los partidos entreguen sus portavocías a quienes son incapaces de hilvanar una frase sin cocear la gramática!) dice que la culpa del fuego es de la Xunta y del Gobierno. Así, con las patas por delante. A eso se le llama, en toda tierra de garbanzos, atizar la hoguera.

Firmas, manifiestos, proclamas, pancartas y verbeneo callejero pregonan, para consumo de ingenuos y catecúmenos, las coplas del embuste: pocos brigadistas, recalificación de las zonas quemadas, la falta de prevención, los malditos eucaliptos... Estos pájaros mienten más que pían. Y a sabiendas, porque saben muy bien que la vigente Ley de Montes prohibe recalificar las zonas quemadas durante un periodo de treinta años; porque nunca hubo en Galicia más brigadistas que ahora; porque cuando se originan simultáneamente dieciocho puntos de fuego, no hay medio humano de sofocarlos.

Cuando el sustento ideológico se extrae de la cloaca, no es raro que pasen estas cosas. Cuando el único objetivo político aceptable es la destrucción de todo, y la esencia doctrinal que se propaga es la de la violencia contra todo, a nadie podrá extrañar que aparezcan voluntarios dispuestos a emprender cualquier acción tendente a culminar la catarsis. Se empieza por jugar con fuego y se acaba en el gran incendio neroniano de Roma. O en el del Reichstag de 1933, y perdonen el modo de señalar. Al final, todos calcinados.

¿Arde Galicia? Claro que arde. Y por los cuatro costados. Cuando escribo estas líneas el país es una hoguera. Pero no importa: la ocasión es magnífica para hacer política partidista. “Todo vale para el convento”, decía el fraile. Y llevaba una furcia al hombro.

“Nunca máis”, por supuesto que “nunca máis”. “Nunca máis” tragedias que se puedan evitar. Y “nunca máis”, gentuza indeseable que se aprovecha de esas tragedias para sacar tajada partidista en beneficio propio.



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