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Galicia es un país de viejos

PUBLICADO O 13 DE DECEMBRO DE 2017 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


Es toda una tradición que el día 1 de enero nos despertemos con los nombres de los primeros gallegos del año: Carlota, Alejandro e Iria fueron los nacidos en las provincias de Lugo, A Coruña, en Pontevedra, en 2017. Por primera vez en mucho tiempo, no se le dio la bienvenida a ningún bebé en Ourense, ¡dicen que no se recordaba nada parecido! ¿Estremece? Sí, ¿sorprende? Quizá no tanto.

Hemos interiorizado la sensación de no nacer y de morir al mismo tiempo. Pero esto no siempre fue así. Según los censos de población, en 1900 España contaba con 18.830.649 habitantes y Galicia 2.073.638, un 11 % del total. Desde entonces hasta ahora mucho han cambiado las cosas, porque mientras la población española ha ido creciendo a un ritmo del 150 % hasta alcanzar los 46.537.038 habitantes, Galicia apenas supera los 2.700.000, con un peso del 5,8 % del total, la mitad de lo que representaba hace un siglo. Un devenir de tendencias tan dispar que estuvo marcado en la demografía gallega por dos fechas: la década de los 60, con un importante retroceso poblacional por razones conocidas y la actual, que comenzó en 2010. La crisis económico-financiera trajo consigo una importante regresión demográfica que de continuar así tendrá unos resultados nefastos. Según el Anuario del Foro Económico de Galicia, la franja de población más frecuente hoy es la que comprende el rango de los 34-54 años, mientras que las proyecciones para 2031 cambian esta realidad a peor, haciendo más habitual la horquilla de los 48-73, con el añadido de que habrá más ciudadanos con 88 que con 5 años. ¿Un avance de la medicina que hace ganar en longevidad? Sin duda, pero también un fracaso conjunto de la sociedad.

Nos hemos acostumbrado a que Galicia sea un país de viejos y, lamentablemente, este no es un fenómeno particular. Sabemos que el 8 % de la población mundial tiene más de 65 años, y su crecimiento se acelera a un ritmo exponencial –que se estima próximo al 20 % en menos de 30 años–, como ya sucede en Europa, donde 2 de cada 10 ciudadanos son mayores de 65 años, o en España, con una ratio del 18 %. Si esto lo combinamos con una tasa de natalidad muy baja, tenemos el cóctel perfecto para que el relato demográfico no sea épico sino trágico y, de no revertirse, puede convertirse en una pesada losa que arrastre a la baja el crecimiento, la posibilidad de progreso, el I+D+i, el incentivo a la inversión –interna y externa­–, el consumo y, como no, los servicios fundamentales del Estado de Bienestar y el sistema público de pensiones.

Si atendemos a lo último, la sostenibilidad del sistema de reparto en las pensiones se tambalea. Cada vez son más los pensionistas que alcanzan la edad de jubilación, con más derechos adquiridos y, por fortuna, con más tiempo de pensión, pero difícilmente compatible con unos ingresos que allegan menos cotizantes, con menores salarios y empleos poco estables. De aquí a 2022 los pensionistas habrán perdido un 7 % de su poder adquisitivo –ceteris paribus– y las proyecciones son peores en adelante. Así, pues, urge que el Pacto de Toledo dé una respuesta a esta realidad. No podrá hacer milagros, de acuerdo, pero ha de ayudar a poner las políticas necesarias y adaptar las expectativas de futuro en un contexto en el que la capacidad adquisitiva de las pensiones públicas se atisba menguante.

La espiral negativa del envejecimiento va más allá de las pensiones, se hace profunda y afecta a los distintos ámbitos de la economía. Si pensamos que cuanto más envejecida es una sociedad, menos capacidad tiene para producir innovando y la innovación es el motor de la productividad, las perspectivas de crecimiento futuro se tornan pesimistas. La política industrial no necesita tanto de las bonificaciones ni de las exenciones como de una estrategia público-privada y financiera con horizonte definido, enmarcada en la realidad poblacional, con la finalidad añadida de retener y atraer a los jóvenes y permitir que la sociedad se recupere. La inversión, el consumo y, en definitiva, el crecimiento, necesitan del dinamismo y de la perspectiva futura para adelantarse a los desafíos que están por venir.

Pero así como el optimismo irreflexivo conduce a la falta de previsión, el pesimismo reflexivo no lleva a ninguna parte si no es capaz de afrontar el reto del envejecimiento. Hay que paliar sus debilidades pero, sobre todo, hay que aprovechar sus oportunidades: la ageingnomic (envejecimiento+economía), el turismo, el ocio, la salud termal, etc. son ámbitos por explorar y desarrollar de inmediato, porque el escenario de la pirámide poblacional invertida no es un futurible, es una realidad que hay que articular.

En definitiva, Galicia solo podrá revertir esta tendencia si es capaz, como decíamos, de retener y atraer a la población, con un horizonte próspero que haga más atractivo quedarse o venir que marcharse. Se precisa de una estrategia integral que ponga freno a la crónica de un envejecimiento anunciado y a la sangría demográfica. El futuro, por definición, es algo que está por llegar y entre todos aún podemos hacer algo para ayudar a moldearlo.



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