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Fraga y los busticidas

PUBLICADO O 27 DE DECEMBRO DE 2017 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Todos los años, más bien cuando promedia el otoño, un comando de jóvenes fraguistas movidos por la irrefrenable pasión del culto al líder, acometen el rito simbólico de robar el busto de Manuel Fraga que desde hace años se levanta en la alameda de Vilalba. El culto al líder tiene a veces tales cosas. Estos jóvenes fraguistas, seguramente hijos o nietos de gentes a las que don Manuel ayudó a sacar los zuecos del barro, están empeñados que el Ayuntamiento vilalbés honre al más ilustre de sus hijos con una fiesta anual que mantenga vivo el recuerdo de su figura y de sus hechos, una y otros siempre un poco tocados de esa hipertrofia que suele caracterizar a los grandes políticos y en la que las anécdotas privadas se enredan con las actuaciones públicas.

Pues bien, cada año, la muchachada fraguista arranca el busto del pedestal y lo esconde en algún lugar poco accesible o lo arroja al río Madanela o directamente lo destroza a martillazos. No son propiamente gamberros, ni bestias coceantes, ni pobres colgados. Nada de eso. Son busticidas por amor y por agradecimiento. Matan freudianamente al padre, en un rito iconoclasta que se repite de año en año al amoroso amparo de la nocturnidad y el garrafón. Fraga es el padre espiritual e ideológico de todos estos chicos, que lloran de emoción –como le pasaba a don Manuel– cuando escuchan el himno del Antiguo Reino de Galicia interpretado por la banda de gaitas de la Diputación de Ourense, y ya no digamos cuando se arrancan a interpretrar, siempre en afinadísimo coro a cuatro voces mixtas, aquello tan bonito de  “os rumorosos”, “as costas verdescentes” y el “fogar de Breogán”.   

Como toda persona decente, soy partidario de conservar, cuidar, divulgar,  fortalecer y, en su caso, recuperar la tradiciones. Y al igual que estos jóvenes cachorros busticidas, considero que en Galicia tendría que imponerse mediante ley orgánica el uso  obligatorio de la montera con borlas para los hombres y el dengue para las mujeres. Sin tradiciones, Galicia no sería más que aquello que decía Fole: “La suma de cuatro provincias”; es decir, un padrón tributario despersonalizado, sociológicamente amorfo, culturalmente insípido, inespecífico y huérfano de referentes donde anclar su razón de ser. A Galicia le suprimes la Santa Compaña, el caldo de berzas, las rapas das bestas, el Entroido de Verín, el minifundio, San Andrés de Teixido, San Lucas de Mondoñedo, los almendrados de Allariz, los incendios forestales, el infinitivo conjugado y los diminutivos en iño, y se queda en pelota picada. No más que en pelota picada.

Por eso, los gallegos debemos estar atentos a salvaguardar, desde ahora mismo, ciertas tradiciones que, aunque más recientes que las antedichas, ya forman parte de nuestro acervo identitario. Así, la negativa de dedicar el Día das Letras Galegas a Carballo Calero, el veto de la Real Academia a Pilar García Negro o a Rodríguez Baixeras –el de Alfredo Conde es cosa antigua y, por consiguiente, ya sólidamente arraigada–, los descensos del Celta y el Deportivo o los follones parlamentarios de Beiras, que por desgracia ya empiezan a ser solamente un recuerdo: los años pasan para todos, ya se sabe. Cuidemos estas cosas, mantengámoslas a salvo del moderno racionalismo y de deturpaciones antropológicas que nos son foráneas.

Pues bien, como decíamos, ese generoso caudal de tradiciones patrias se ha enriquecido gracias a los busticidas enxebres y al rito otoñal por ellos ideado y puesto en ejecución: el robo del busto de Fraga en la alameda vilalbesa. La ceremonia se ha vuelto a cumplir en plazo y forma, como corresponde a tantas otras costumbres que a lo largo del tiempo han ido diseñando los perfiles sagrados de nuestra personalidad colectiva.

Saludemos con satisfacción y agradecimiento la iniciativa de los busticiadas chairegos. Y al señor alcalde de Vilalba, don Agustín Baamonde, hombre de acreditada sensatez (y no escaso de sentido del humor) nos atrevemos a elevar formalmente nuestro ruego: por favor, incluya en el calendario de las fiestas locales la del robo del busto. “A festa do roubo do busto”, el último o el penúltimo sábado de noviembre, despidiendo los magostos y empezando a abrir la puerta a la gran feria del capón. A don Manuel, el vilalbés que más hizo por Vilalba, le gustará saber que su pueblo dispone (también gracias a él) de un nuevo atractivo turístico. 



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