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Salario mínimo: menos da una piedra

PUBLICADO O 30 DE XANEIRO DE 2018 · (0)



PEPE CASTRO · PERIODISTA


Antes de irse, el año 2017 dejó la recuperación de la cultura del pacto para combatir la violencia de género y luchar contra el terrorismo yihadista, y dejó también el acuerdo entre el Gobierno y los agentes sociales –sindicatos y patronales–, que firmaron una subida del salario mínimo interprofesional que será del 20 % de aquí a 2020 y beneficiará a más de medio millón de los trabajadores más desfavorecidos, unos 30.000 en Galicia.

Es una buena noticia, pero más de alcance mediático –esa foto interesaba a todos los firmantes– que de importancia real para los trabajadores, porque la subida del sueldo mínimo en un 4 % para este año significa 30 euros al mes o un euro más al día, que es menos de lo que cuesta un café. De verdad, los miembros del Gobierno, de la patronal, los sindicatos y empresarios ¿pensaron alguna vez como se puede vivir con 735,9 euros al mes?

Pero menos da una piedra, dicho en lenguaje coloquial, y este acuerdo puede ser relevante si actúa como palanca para la recuperación progresiva de los sueldos, tan devaluados en los últimos años. La mayoría de los asalariados soportaron todo el peso de la crisis perdiendo tanto poder adquisitivo que la sociedad se encargó de crear la figura de los “trabajadores pobres”, aquellos a los que, en palabras del movimiento  indignado, “le sobra mes para tan poco sueldo”. Viven con mil privaciones, no pueden hacer frente a un gasto imprevisto, recurrente en cualquier hogar, y si piensan en el futuro sólo les queda la posibilidad de soñar porque es gratis.

El capitalismo tiene sus leyes, que son frías. Siempre exige productividad de primer nivel y a cambio ofrece salarios del tercer mundo. A veces ni eso, porque en los últimos años, tras la reforma laboral, el mercado laboral se instaló en la precariedad contractual –en Galicia más de un tercio de los contratos no llegaron a una semana de duración en 2017– y salarial. Y la precariedad cursa con desigualdad creciente, pérdida de derechos laborales, pobreza real y en tiempos de bonaza es un insulto a los trabajadores a los que para mayor escarnio se les pide que estén agradecidos por poder trabajar.

Por eso, si la recuperación económica es real, como parece, ya es hora de introducir las correcciones oportunas en la reforma laboral para crear empleos estables, retribuidos con salarios dignos, para que el crecimiento de la economía llegue al tejido laboral y esa recuperación entre en los hogares de los trabajadores.  

Mientras esto no ocurra, no se puede afirmar que “la recuperación se nota cada vez más en la vida de los ciudadanos”, como dice el discurso oficial. No es verdad. Que pregunten en la mitad de los hogares gallegos que, según el IGE, llegan con dificultades a fin de mes.  

Con la que está cayendo, tampoco es bueno para el modelo capitalista leer y constar  que hay mayor desigualdad ahora que antes de la crisis, que los beneficios empresariales crecen cien veces más que el salario mínimo o que los directivos de las empresas cotizadas pertenecen a una especie de olimpo salarial y ganan 86 veces más que sus empleados.

Es verdad que las retribuciones se fijan en función de la capacidad y responsabilidad de cada uno, pero no es justificable el abismo salarial que separa a las “carteras” de los directivos y las de los empleados de base que, con menos formación y saberes, también contribuyen a los procesos productivos de la empresa.  

Los empleos precarios y esas diferencias salariales abismales crean tanta desigualdad que son un granero de votos para el populismo.



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