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Más empleo, más precario

PUBLICADO O 31 DE XANEIRO DE 2018 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


El año que acabamos de finalizar nos ha dejado algunos datos, más bien pocos, para la esperanza. Entre ellos los del paro. España ha logrado culminar el 2017 con una reducción del número de desempleados, aunque no haya sido tan elevada como en los anteriores 2015 y 2016. Según el balance final, el total de parados registrados en las oficinas de empleo se situó, al rematar el año, en 3,41 millones de personas, tras bajar en 290.193 los desempleos en el conjunto del año (-7,84 %). Así, 2017 suma el quinto descenso anual consecutivo, aunque sea inferior al de los dos años anteriores. Pero, además, la Seguridad Social ganó 611.146 afiliados, el mejor resultado desde 2005. El total de ocupados se situó al finalizar el ejercicio en 18.460.201 afiliados, también el segundo mejor dato de ocupación desde diciembre de 2008.

Los más de 600.000 nuevos afiliados en 2017 suponen que cada día del año se crearon 1.674 empleos que es el mejor dato de creación de empleo de la serie histórica, en términos homogéneos, ya que el 2005 se vio afectado por la regularización extraordinaria de inmigrantes. Por lo que respecta a Galicia, el número de desempleados registrados disminuyó en 20.901 personas (-10,15 %) durante 2017, hasta situar la cifra total de parados en 185.013. Sin ser para echar cohetes, al menos se mantiene la tendencia a la baja.

Sabido es que el paro se sitúa como primer problema para la mayoría de los españoles, el 65,1 %, según el último barómetro del CIS; y que así lo viene siendo en los últimos años desde que se desplomó el mercado laboral. Tan sabido como que esta gravísima cuestión ha servido y sirve de munición para atizar enfrentamientos políticos que a nada conducen porque nada solucionan. Al paro hay que verlo con cierta distancia, con un gran sentido común, con mucha serenidad y, por encima de todo, siendo conscientes que detrás de cada desempleado se esconde un drama, que en muchas ocasiones acaba en tragedia, y celebrando la creación de cualquier nuevo puesto de trabajo.

Por eso hay que valorar y ponderar las cifras positivas que nos deja 2017 pero ello no debe de ocultarnos las deficiencias, graves y de difícil solución, que azotan el mercado laboral español ya de por sí lastrado con ese casi 45 % de paro juvenil. Dejando al margen que el desempleo afecta más a las mujeres que a los hombres y la influencia que el conflicto catalán pudo tener en las cifras finales, porque llevamos un tiempo en el que el procés influye en todo lo que va mal, también en los temporales de viento y nieve; pues dejando al margen estas cuestiones, el primer y fundamental lastre de nuestro mercado laboral es la precariedad que en muy poco tiempo, solo tres años, se instaló en el sistema productivo, parece que para quedarse, porque desde el segundo trimestre de 1989 no logramos que bajase del 30 %.

En el conjunto del año pasado se registraron 21,5 millones de contratos de los que, de nuevo, la gran mayoría fueron temporales, nada menos que 19,6 millones, frente a los 1,9 millones de contratos indefinidos. En diciembre, el número de contratos rubricados fue de 1.652.016 de los cuales 1.378.827 fueron contrataciones temporales en las modalidades de obra y servicio, o eventuales por circunstancias de la producción, tanto por la campaña de Navidad como por las rebajas del inicio de 2018.

La elevada precariedad es el gran problema del mercado laboral y de la creación de empleo en España porque gran parte de los datos positivos que se logran se deben a contratos temporales y trabajo a tiempo parcial. Y esa precariedad es una de las explicaciones, evidentemente además del paro, de la debilidad de los salarios en los últimos años, y por tanto del descenso de las cifras de consumo.

La situación es tan preocupante que el Banco Central Europeo mostró su sorpresa por la debilidad que presentan los salarios en la recuperación y buscando explicaciones a este comportamiento en la zona euro, cuando el paro ha bajado más de lo que se esperaba, llegó a la conclusión de que el subempleo –y los desocupados que no aparecen en las estadísticas como parados– puede ser una de las causas que está detrás. Trabajar a tiempo parcial, por no poder hacerlo a tiempo completo, en España es lo más habitual y ello pese a que casi el 60 % de quienes trabajan de esta forma desean hacerlo más horas. Salarios hasta un 33 % más bajos, falta de formación, baja productividad, desinterés, rotaciones, falta de experiencia, inconvenientes para cobrar las prestaciones y ausencia de identificación con la empresa son algunos de los males que lleva aparejados este tipo de contratos.

Es tal el problema que arrastramos, y al que parece que nos habemos acostumbrado, que la precariedad ha sido uno de los asuntos que han tomado organismos como la OCDE o la Comisión Europea para alertar del aumento de la desigualdad o la pobreza laboral en España. Hasta 2016 el 13,1 % de los ocupados estaba en riesgo de pobreza, tres puntos más que al inicio de la crisis (en la zona euro el incremento ha sido de 1,5 puntos). Además, solo Grecia y Rumanía tienen tasas más altas en la UE.

Por eso se hace imprescindible y urgente que junto a las acciones para rebajar las cifras de desempleados, que aún resultan absolutamente inasumibles, se ataque la precariedad. Porque obsesionados como estamos por combatir los parados podemos correr el riesgo de no ser lo suficientemente agresivos con la precariedad y puede llegar el día en el que la batalla se haya perdido definitivamente. Y un país con un tercio de su mercado laboral instalado en la provisionalidad es un país muerto laboralmente. Y si no reaccionados, todos, hacia eso nos encaminamos.



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