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Borrador de curas infrecuentes

PUBLICADO O 29 DE XUñO DE 2018 · (1)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Cuentan los papeles que don Gregorio, el famoso cura de Cubillas de Rueda, en la provincia de León, ya cuenta con biografía impresa. Bien ganada la tenía desde hace tiempo, y no solo por su gran corazón y su pulquérrima retórica, sino por otras particularidades que hicieron de él clérigo irrepetible, y entre las cuales no fue la menor aquella de bautizar con el santo del día, así fuese san Barsanufio o santa Flodoberta, que hacen ambos fiesta en abril.

Este año van 160 del nacimiento de don Gregorio, cuyas certificaciones en los libros parroquiales constituyen un magnífico ejemplo de que el buen gusto literario y la fidelidad del dato no son incompatibles. Al respecto, constituyen un gozo retórico el releer, después de tantos años, anotaciones en las que se fija la hora del nacimiento de un nuevo cristiano con las siguientes palabras: “al primer canto del gallo”, o “a las voladas del sol”, o “por la tarde ya tarde de tarde”. Espléndida prosa, que contrasta con el pedestrismo eclesiástico vigente hoy entre los de su oficio.   

Cela, el del Nobel, dejó apenas esbozada su nómina de amistades episcopales. Allí, en aquellos primeros apuntes, estaba, tan alto y tan ancho como lo había hecho Dios, don Fernando Quiroga Palacios, el último cardenal de Compostela, de quien Diego Bernal dejó trazado apunte biográfico, desde el nacimiento en Maceda hasta la sepultura en la catedral compostelana, pasando por la breve etapa de la mitra mindoniense. Lástima de que don Camilo no abordase su proyecto con mayores ganas y empujes.

El arriba firmante también empezó a confeccionar, hace mil años, registro de eclesiásticos merecedores de memoria, muchos de ellos conocidos directamente y sabedor de otros por transmisión oral. A pocos admiró tanto como al abad Gómez Pereira, que abolió Lourenzá pero reavivó Samos, donde tuvo refugiado (vísperas del 18 de julio) a Jesús Suevos, que estuvo no tanto por propensiones conspirativas sino por una crisis vocacional que lo situó a un paso de vestir la cogulla benedictina. Suevos era ferrolano de nación y veraneante en Cedeira, además de director de El Pueblo Gallego después de la incautación del periódico de Portela Valladares por la tropa del Movimiento. Los futboleros más viejos de la tribu tal vez recuerden la época de Suevos como presidente del Atlético de Madrid.

Al cura Bertolaza no tuve el gusto. Contaba de él cosas no demasiado edificantes Ánxel Fole, lo mismo que de don Antonio Rey Soto, el capellán de doña Angelita de Temes, algo pariente del autor de Terra brava. Rey Soto, vanidoso y mundano, era sapientísimo en libros góticos. Su biblioteca quedó en el monasterio mercedario de O Poio. En Madrid había coincidido con Basilio Álvarez, el incendiario abad de Beiro, agrarista, mitinero y siempre dispuesto, como don Antonio Machado, a amar “cuanto ellas puedan tener de hospitalario”. Don Basilio era radical, o sea, del Partido Radical de Lerroux, el del estraperlo. Pasó de la lucha anticaciquil a la adulación a los caciques sin cortarse un pelo. Todo se disculpa en gracia a su triste final en Estados Unidos, otra muestra de la ingratitud de Galicia para con los suyos.

A mi diócesis de nación y bautismo pertenecieron, por cuna o por ejercicio, curas de muy diversas hechuras. En nuestra memoria ocupan lugar preferente don Paco Fanego, latinista y corresponsal de El Ideal Gallego; don Enrique López Galuá, creyente a pie juntillas en las sombrías predicciones de la famosa madre Ràfols y prelado doméstico de Su Santidad, dignidad nada despreciable para poner en las tarjetas de visitas y, llegado el momento, en la esquela mortuoria.

Ya en los días presentes, el listín de curas raros, pintorescos, curiosos, disparatados e insólitos, nacidos o ejercientes en nuestra diócesis de alumbramiento y bautismo se enriqueció con un tal cura Silvaje, miembro de la Sagrada y Militar Orden Constantiniana de San Jorge, sensible, almidonado, y coleccionista de antigüedades propias o en depósito. Una auténtica joya, el curita, reducido hoy a la vida civil, es decir, dedicado, es un suponer, a sus labores. Un día que le dio el telele de la histeria se atrevió a recomendar a su obispo, don Manuel Sánchez Monge, “que deje el báculo y coja la escoba”. 

La última incorporación, por ahora (el censo siempre está abierto) al catálogo de curas pintorescos y/o atrabiliarios ejercientes en Galicia es el clérigo Rodríguez Patiño, que rige varias parroquias luguesas y coruñesas. Descontento con la marcha de los acontecimientos y bastante harto –no sin razón, la verdad sea dicha– de la política y los políticos con mando en plaza ha lanzado –no consta si desde el púlpito o a medio de circular– la propuesta de que en los más de ocho mil municipios españoles fuera declarado ‘persona non grata’ el entonces presidente del Gobierno y hoy registrador de la propiedad en Santa Pola don Mariano Rajoy Brey. Bastante indulgente fue el bueno de Patiño, porque a fin de cuentas lo que pedía para don Mariano se queda tejas abajo. Poca cosa si se compara con la sanción que reclamó en su día para el presidente de la Xunta, señor Núñez Feijóo: directamente, la excomunión. Así, directamente, al fuego eterno. No consta que tal petición hubiera llegado a Roma. Al Vaticano, queremos decir. O sea, al dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que es como se llama ahora el tan alta instancia. No llegó, pero todavía puede llegar. De ser así, ya nos enteraremos por los periódicos.



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Comentarios (1)



Juan Soto Gutiérrez

03 de xullo de 2018

Ahí van dos curas que conocisteis