Publicidade

Ourense Termal


Atrás · Actualidade · A guía de ECO · Subscrición · Contacto

Galicia, la gran comilona

PUBLICADO O 09 DE OUTUBRO DE 2018 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Supongo que traer a la memoria del lector desmemoriado este dato me acarreará algún rapapolvos, pero aun a riesgo de ser tachado de mal patriota no lo ocultaré: de acuerdo con los datos que en 1986 obraban en el desaparecido Instituto Nacional del Libro Español, los dos escritores gallegos más leídos en el pasado siglo por el número de ediciones realizadas y ejemplares vendidos, fueron Alejandro Pérez Lugín, por La casa de la Troya, y Manuel María Puga, por La cocina práctica, el famoso Picadillo, de nuestras abuelas. Bien quisiera un servidor consignar títulos más alentadores pero ya se sabe que donde hablan planas callan barbas. El archivo del extinguido Inle se encuentra incorporado al fondo del Centro de Documentación del Libro, felizmente reinante.

En Galicia, lo de comer no es una broma. Así, a ojo de buen cubero, por cada librería se cuentan medio centenar de figones, restaurantes y tabernas. De las bibliotecas públicas nada hay que decir, salvo que mantienen su inveterada condición de espacios exóticos. Y en cuanto a la práctica de la lectura, su cultivo sigue siendo considerado una actividad altamente sospechosa. Lo del culto a la comida, en cambio y por fortuna, discurre por los caminos de la prosperidad. Va a más de año en año. Benditos sean Dios y san Antón Lacoeiro, que me parece que sigue siendo patrón de los gorrinos.

Aunque nada parecido conste en su tratado de Geografía dedicado a Iberia, se atribuye a Estrabón la afirmación de que hubo tiempos en los que una ardilla podía atravesar España, desde Algeciras hasta los Pirineos, saltando de árbol en árbol. Lo nuestro también tiene su mérito: desde el Año Nuevo hasta el día San Silvestre, los gallegos podemos atravesar nuestro territorio de fiesta gastronómica en fiesta gastronómica. En los meses de verano las exaltaciones culinarias alcanzan niveles paroxísticos. Basta echar un vistazo a los periódicos en sus ediciones caniculares (paradójicamente, más bien escuálidas), rebosantes de citas y convocatorias que dejan a las antiguas bacanales romanas a la altura de un ayuno cuaresmal.

Los mejillones, las almejas, los percebes, los berberechos, los pimientos (ya sean los de Padrón, ya los de Herbón, ya los de Mougán), los chorizos al espeto, las tortillas (en oferta que se extiende desde la simplicísima española a las barrocas de cinco y seis pisos), la carne “ao caldeiro”, el cabrito al espeto, el churrasco en diferentes grados de carbonización, las sardinas, el cerdo sin desperdicio con todas sus partes y despieces e incluso el democrático huevo frito (Cervo, en la costa luguesa, lo ha incorporado a su  oferta turística), todo lo que es susceptible de ser sometido al consabido proceso de ingestión, digestión, absorción y evacuación tiene en Galicia fiesta mayor y misa pontifical.

Y conste que las limitaciones de la columna nos impiden entrar en otras jaranas: dulces, quesos, panes, vinos y aguardientes, revisten un trayecto que empieza en la bica de Allariz, continúa por las planicies de las filloas, desciende a Mondoñedo a través de su barroca tarta catedralicia, riega su camino a través de innumerables arterias vinícolas con o sin denominación de origen, y hace la digestión echándose al coleto una copa de aguardiente de Portomarín o de licor café de patente ourensana.

Galicia es un país que tiene en la comida el primero de sus dioses lares y de sus  símbolos tribales. Eso constituye el verdadero “efecto llamada” para tanto infortunado inmigrante. ¿Con qué cara nos atrevemos a decirles que no tienen sitio entre gentes a las que le sale la comida por las orejas? Recibámoslos con los brazos abiertos y a mantel puesto. Dejemos el egoísmo para otras gentes más miserables.



Comentar








Enviar

Comentarios (0)