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Pepito Arriola, compositor

PUBLICADO O 11 DE DECEMBRO DE 2018 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Es difícil encontrar, incluso entre los aficionados a la música, personas a quienes les diga algo el nombre de José Arriola Rodríguez, aquel Pepito Arriola que en los primeros años del siglo pasado ocupó portadas de periódicos, llenó teatros, alcanzó consideración de gloria nacional y fue aclamado en Europa. En su Betanzos natal una plaza lleva su nombre. Menos mal. Y pese al olvido general, ¿cuántos gallegos lograron superar su prestigio y su popularidad?

De Pepito Arriola, el niño prodigio del piano, cabe decir lo mismo que de otros muchos genios: la fama les alcanza demasiado pronto y los abandona también demasiado pronto. Arriola está hoy en la frontera del silencio absoluto, lo cual no deja de ser paradójico. Y si todavía no ha traspasado del todo esa divisoria que separa el aplauso del mutismo es gracias al esfuerzo reivindicativo de los maestros Joam Trillo y Maximimo Zumalave, a quienes debemos el empeño de incorporar algunas de las composiciones del músico gallego al repertorio de la Real Filharmonia de Galicia. De momento figuran en los atriles de la orquesta residente en Compostela tres de las seis canciones sobre poemas de Antonio Machado y otras tantas inspiradas en versos cervantinos. Piezas todas compuestas en la etapa final de Arriola, ya de vuelta de las palmas germánicas.

 

La carrera de Arriola como pianista eclipsó su labor como compositor, por otra parte ni muy prolífica ni muy brillante, aunque sí merecedora de atención y de programación. En ella, como en toda la biografía de Arriola, la realidad se mezcla con la ficción. Los arriolistas no se ponen de acuerdo ni para identificar los primeros frutos de la precocidad creadora de la criatura: uno se inclinan por la habanera Aurora, dedicada a su tía y mamá de crianza; otros por una marcha militar, y otros por un pasodoble. Para el caso, da lo mismo.

El grueso de la obra compositiva de Arriola se inscribe en el tramo final de su vida, ya de vuelta a España tras sus éxitos europeos. Son años en los que el declive es evidente. Ya no es un concertista de asombro y, además, los aires políticos no soplan a favor de alguien cuyos mayores éxitos están inscritos en la Alemania derrotada. El aval de sus estudios en el conservatorio de la capital alemana, donde coincide con Richard Strauss, y de sus conciertos con la Filarmónica de Berlín en la esplendorosa etapa de Arthur Nikisch sirven de poco en un país que se da prisa por encarrilarse en el rumbo que impone la nueva situación. Entre 1942 y 1953, el año anterior al de su muerte, está registrada la práctica totalidad de la obra creativa de Arriola, desde su Homenaje a Manuel de Falla hasta el Concertino para piano y orquesta. Varias de las composiciones para voz y orquesta (o para voz y piano) sobre textos cervantinos y machadianos, fechadas entre los años 1946 y 1949, han sido recuperadas ahora gracias a la feliz iniciativa de Joam Trillo, Maximino Zumalave y la Real Filharmonia de Galicia. Estamos seguros de que la recuperación no se quedará ahí.  

Pese a algún que otro insignificante desencuentro con su Betanzos natal, Arriola siempre hizo profesión de gallego.  Sus compromisos internacionales no le impidieron dar conciertos en Ferrol, en Vigo, en A Coruña, en Lugo, en Pontevedra, en Santiago…ante un público que lo aclamaba como a un héroe. Y permítanos una referencia un tanto localista: cuando su madre, doña Pepita Rodríguez, enviudó de don Amado Osorio —un médico de Vegadeo cuya biografía esconde una novela tan fascinante como la de su hijastro—, Arriola armará una rondalla en Ribadeo, Los Pleyadáneos, de la que formará parte un pintor famoso, Amando Suárez Couto, y un médico ilustre y (también) olvidado: el doctor Antonio Rodríguez Darriba.



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