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Y en esto llegó Vox

PUBLICADO O 18 DE DECEMBRO DE 2018 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


Estábamos todos tan entretenidos analizando por qué las plazas de toros ven reducida la asistencia y tratando de averiguar si Makoke se revolcó o no con Julio Iglesias, y en esto llegó Vox. Y lo hizo a lo grande. Y por sorpresa. Entrando en el Parlamento andaluz con doce diputados; metiéndole el miedo en el cuerpo a la mayoría de españoles y desautorizando, una vez más, a las empresas de sondeos de opinión que le otorgaban, en el mejor de los casos, un par de representantes.

Vox ha llegado y lo ha hecho para quedarse. Cierto es que en los comicios andaluces obtuvo apenas un 7 % de los votos emitidos que fueron 1,8 millones frente a los 6 del censo. Pero fueron 395.978 andaluces, que son un montón y suficientes para dar un aldabonazo y alertar de que en las próximas consultas su presencia puede tener ya otras proporciones. Por mucho que lo creamos imposible. Porque a nada que se analicen los motivos de sus resultados, podrá comprobarse que los principios sobre los que asentó su éxito andaluz se mantienen intactos, y que incluso van a más.

El hartazgo de la clase política ha sido el principal valedor de la fuerza ultra. Lo vienen diciendo las encuestas periódicamente. Los españoles situamos a nuestros dirigentes como segunda de nuestras preocupaciones, tras el paro. Y hacemos que alcancen las cotas de desprestigio más altas de la democracia. Un hartazgo que alcanza ya la categoría de cabreo general por la incapacidad de unos y otros para gestionar los problemas más elementales.

Los problemas se suceden y, por ejemplo, los ciudadanos vemos con impotencia cómo se agrandan las desigualdades sociales y cómo cuatro millones de personas viven en esta situación de extrema vulnerabilidad, 1,2 millones más que en 2007, según el último informe de la Fundación FOESSA, de Cáritas Española. La cifra es incluso mayor a la registrada en 2009, en plena crisis. El riesgo de pobreza es en Andalucía del 37 % frente al 26 % de España.

Y además del hartazgo está también la grave crisis territorial que vivimos y que se escenifica en Cataluña. Una parte importante de españoles no aprueba la forma en la que los diferentes gobiernos afrontaron el problema y creen que tanto Rajoy como Sánchez no actuaron con la firmeza que el caso requiere. Todos sabemos que la crisis catalana ha activado el lado más radical, intransigente y hasta fanático del nacionalismo español. El problema catalán centró gran parte de la campaña andaluza y una vez que se conocieron los resultados ha originado incluso profundas desavenencias en el seno del PSOE, donde no existe un acuerdo unitario.

Vox llega además porque Andalucía ha sido durante casi tres décadas un cortijo socialista. No es necesario recordar los múltiples casos de corrupción, con su máximo exponente en los ERE, que hicieron que se utilizasen los dineros públicos para servicios de prostitución y drogas. Y, mientras, Andalucía seguía en los últimos puestos en bienestar social y en los primeros del paro, especialmente del juvenil. La gestión socialista en este tiempo no presenta un balance mínimamente positivo; más bien al contrario, los problema se mantienen sin ser solucionados, entre las disputas de la clase política.

Evidentemente existen otras causas, quizás de menor trascendencia, para explicar los exitosos resultados de Vox: crisis del PP, moción de censura, exhumación de los restos del dictador, auge de los populismos, inestabilidad política e institucional; ausencia europea de una política migratoria, cuestionamiento del estado de las autonomías, corrupción política…, cuestiones que llevan a una parte de la sociedad a plantearse un rumbo diferente; y creen que puede traerlo Vox, una fuerza que repudia la igualdad de género, que no apoya la sanidad ni la educación públicas, que propone levantar un muro en Ceuta y Melilla. Una formación con un discurso rancio, machista, xenófobo y homófobo. Y que pese a todo, ahí está. Para quedarse.



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