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El arte de perder elecciones

PUBLICADO O 18 DE XANEIRO DE 2019 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Aquí, en Galicia, desde que murió don Sabino Bugallal, lo de ganar elecciones se está poniendo bastante difícil. Don Sabino fue diputado en 16 legislaturas, que no está nada mal: por Bande, por Ourense, por Ribadavia, por Ponteareas, por Pontecaldelas, por Xinzo y hasta por Villena, en Alicante. Quizá se nos quede alguna en el tintero. Un día –y de esto va más de un siglo–, don Sabino vino a Lugo, invitado como mantenedor de aquellos Juegos Florales que organizaba la Liga de Amigos. Se largó el hombre un discurso glorioso, lleno de galanterías a la Reina y su Corte de Amor, plagado de referencias a los orígenes romanos de la ciudad y rebosante de admirativas –y piadosísimas, por supuesto– genuflexiones ante San Froilán, la catedral y la exposición permanente del Santísimo. La pieza, cuya lectura recomendamos vivamente, está publicada en primorosa edición festoneada.

Pero lo que queríamos decir es que ahora ya no hay quien gane las elecciones con la gorra, ni siquiera pagando el voto a veinte reales de peseta, como don Álvaro de Figueroa y Torres en Guadalajara. Dentro de unas cuantas semanas lo podrá comprobar el lector a quien le interesen estas tonterías. Porque resulta que está fijada la cita del guateque democrático para mayo, ahí a la vuelta de la esquina. Y ya ahora, cuando todavía faltan unas cuantas semanas para que los trigos encañen y estén los campos en flor, como en el hermoso ‘Romance del prisionero’, el fuego graneado de la campaña ha empezado a cobrarse víctimas. No hay piedad ni siquiera para los de casa. Se desatan las impaciencias y las incertidumbres de los aspirantes, ya sean de continuidad o de relevo, y hasta el momento de pasar la prueba de las urnas no se aguardan treguas sino más bien acrecencia de víctimas.

Mientras se descubren todas las cartas sobre el tapete, será interesante ir conociendo, además de los nombres de los candidatos situados en ordinales elegibles, las filiaciones y capacidades de los asesores aúlicos y de los jefes de campaña. Porque aquí radica el quid de la cuestión: no es suficiente con la confección de un programa, sino que, además, hay que hacerlo creíble, hay que saber explicarlo y hay que avalarlo con algo más que palabrería y buenos propósitos. Para todo ello no son suficientes los espejismos demoscópicos sobre intención de voto en las encuestas, ni bastan razonamientos de convicción, si no van acompañados de argumentos de persuasión. Sobre el particular, conviene no perder de vista el principio, tantas veces acreditado empíricamente, de que en las citas electorales lo que se dirime no es la ideología proclamada sino la confianza que inspiran los individuos, y de ahí que al final gane la partida quien logra mayor credibilidad.

Es de sobra sabido que, en virtud de compromisos inconfesables o por compensación de débitos, no es infrecuente que la confección de listas, desde la cabeza de cartel al cierre del pelotón, se haga en beneficio de los más taimados y en detrimento de los más valiosos. Es la hora de los cucos y de los lameculos. Pero ojo con la incrustación de vagos y maleantes, porque a estas alturas del estado de la cuestión es muy difícil hacer comulgar a la feligresía con ruedas de molino. Y ya no cuela la vieja trampa culinaria de dar gato por liebre en el menú del día.

Así las cosas, ahora que las vísperas electorales empiezan a apretar, se recomienda a las distintas formaciones que aspiran a gobernar los municipios gallegos de mayor entidad que revisen a conciencia nombres y méritos de los postulantes. No vaya a ser que aquellos de quienes se espera que aporten votos, los aporten, sí, pero en beneficio del adversario. No sería la primera vez que las elecciones no las ganan los otros sino que las pierden los nuestros.



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