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¿Cuántos Alcoa están por llegar?

PUBLICADO O 23 DE XANEIRO DE 2019 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


La industria manufacturera fue, junto con la construcción, el sector más afectado por la crisis económica. En los peores años, entre 2007-2010, el empleo industrial se redujo en un 30 % y en 2009 la caída de su valor añadido real fue superior al 10 %. Este deterioro cambió de tendencia a partir de 2015, cuando se recuperó tanto la producción como el empleo, aunque a un ritmo mucho menor. Algunas cifras incluso invitaban al optimismo, como el índice de producción industrial, pero esta euforia se ha ido enfriando hasta moderar su crecimiento en 2018, por debajo del año 2017. Lo mismo ocurre con la cifra de negocio de la industria, que mostró en septiembre una cara negra tras un avance interanual del 2,7 % muy por debajo del 6,3 % del mes anterior. El índice PMI manufacturero no está en situación de alerta, sigue por encima de los 50 puntos que indican expansión, en 52, pero cuatro por debajo de un año antes. Algo parecido ocurre en el empleo manufacturero, que según datos de la Seguridad Social, ha bajado el ritmo de creación desde el 3,7 % al 2,5 % en solo un año. Hoy trabajan en el sector industrial alrededor del 14 % de los trabajadores, eso es un 6 % menos que en 1995.

Y, por si fuera poco, las exportaciones se enfrían. En el último año los bienes y servicios que se venden al exterior perdieron peso por primera vez desde el inicio de la crisis, lo que revela una importante pérdida de competitividad. La bajada de salarios ha agotado su carrera a la baja y los costes laborales han empezado a crecer, el diferencial de inflación español con respecto al europeo resta competitividad, la apreciación del euro no ayuda, el precio de los derechos de emisión comienza a ser un coste importante para determinadas empresas que no han hecho los deberes y, sobre todo, en el ámbito industrial juega en contra el lastre del precio de la energía –que creció dos dígitos en 2018–. Si a esto sumamos los aranceles que han empezado a aplicar China o EE.UU. la perspectiva se empaña y se torna negativa.

Pero España no es una isla. El premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz lleva tiempo señalando la necesidad de “rejuvenecer la política industrial”, con algún ejemplo paradigmático como el de Finlandia, pero preocupado por la deriva de la política industrial de la OCDE. Estos países han promovido una reflexión para evaluar políticas industriales, del mismo modo que la Comisión Europea ha descrito un esquema de política industrial, para frenar “su declive e invertir hasta conseguir un crecimiento sostenible”. La meta que se definió hace un lustro es que en 2020 debe alcanzar el 20 % del PIB. Cuando falta menos de un año para cumplir el plazo previsto es fácil adelantar que el objetivo no se va a cumplir, con más del 80 % de las medidas puestas en marcha, la industria manufacturera pesa en España un 16 % del PIB. ¿Continuará el progresivo deterioro del sector industrial o hay margen para la reindustrialización?

Ahora es un momento clave, con muchos más desafíos que oportunidades, ante los que es ineludible abordar los cambios capaces de adaptar al sector al paradigma 4.0. Este es el objetivo, ¿cuál es el camino? Es un error común tomar la parte por el todo y confundir la industria 4.0 con la digitalización, cuando esto es solo la condición necesaria para la transición, pero no es suficiente. Se espera que traiga avances en las tecnologías de producción para desarrollar nuevos materiales con los que fabricar productos, a través de un modelo de negocio mundial en red en el que participen tanto proveedores como clientes. Pero antes de esto es preciso desarrollar una estrategia industrial a la que después se pueda aplicar la tecnología disruptiva necesaria y la formación dinámica de las personas, que la haga competitiva. España en esto lleva mucho retraso con respecto a los objetivos europeos y más si nos fijamos en los americanos. La innovación se ha ido distanciando del resto, lo que ahonda en la desindustrialización relativa del país. El gasto en I+D+i se ha rebajado en los últimos años hasta situarse próximo al 1,2 %, lejos de la meta europea del 3 %.

Junto con esto, la oleada de anuncios de ERE y cierres totales o parciales de empresas como Alcoa, Cemex, La Naval, Vestas o Isowat, ponen el dedo en la llaga de la industria electro-intensiva, que actúa en los mercados globalizados, donde el precio de la energía puede ser un factor diferenciador, que representa alrededor del 50 % del coste de producción. El sector energético español no se ha adaptado a los nuevos tiempos. Heredado del franquismo, sigue funcionando como un modelo autárquico, carente de incentivos para que los productores compitan, bajo el régimen de oligopolio. La política energética ha transcurrido sin rumbo, no hay nadie al volante, mientras el precio escala hasta situarse en la cumbre de los competidores europeos más directos. ¿Acaso alguien se ha preguntado por qué en el mismo contexto tecnológico Alcoa mantiene su producción en Noruega o por qué Islandia se ha convertido en un gran productor mundial de aluminio sin tener reservas de bauxita? Ambos países han apostado por la energía renovable, barata y respetuosa con el medioambiente. Hoy sus empresas pueden competir –entre otras cosas– porque asumen precios energéticos muy baratos. No expulsan industria, la atraen. No es casualidad, los problemas estructurales de un país no se arreglan con subvenciones ni adiando los conflictos, con llamadas de teléfono in extremis ni con amenazas a ningún sector, sino con planificación y actuación contundente hacia el objetivo a alcanzar. Primero, claro, hay que definirlo.

El futuro siempre trae novedades inesperadas, sin duda, pero como dijo Steve Jobs en su célebre conferencia en la universidad de Stanford, “solo se pueden unir los puntos mirando hacia atrás…, la innovación es lo que distingue al líder de un seguidor… y si se cometen errores lo mejor es admitirlo rápidamente para cambiar el rumbo”; ¿aún se puede?



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