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Arriar la bandera sanitaria

PUBLICADO O 06 DE FEBREIRO DE 2019 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


Vaya por delante que gestionar la sanidad, como la educación, es la tarea más ingrata y difícil que le puede caer a un responsable político. Los medios que se dedican nunca resultan suficientes para hacer frente a unos servicios de los que todos nos beneficiamos. Pero, dicho esto, lo que tiene que hacer el presidente Núñez Feijóo es arriar de forma inmediata la bandera de la sanidad en Galicia que en los últimos años paseó por todo el país mostrándola orgulloso y poniéndola como ejemplo para otras comunidades. La Xunta alardeó de ofrecer unos servicios sanitarios inmejorables, que se fueron viniendo abajo, sin que se quisiera reconocer, y que han acabado por derrumbarse definitivamente en las últimas semanas.

Primero fueron las dimisiones en bloque de una veintena de jefes de servicio del área de Vigo. Luego las solidaridad de profesionales de otras zonas. Más tarde una manifestación de usuarios sin precedentes en esta ciudad y últimamente las denuncias de la muerte de dos pacientes en las instalaciones del CHUS de Compostela a los que se une el de otro, acontecido semanas atrás, en el Punto de Atención Continuada (PAC) de A Estrada en el momento en que este no disponía de un profesional médico.

Los problemas se han ido sucediendo ante la pasividad de los responsables políticos. Al “facemos o que podemos” del presidente Feijóo le siguió un desmentido rotundo de que existiesen problemas del conselleiro Vázquez Almuiña, para acabar negando la Gerencia de Gestión Integrada de Santiago las muertes de los dos pacientes en los pasillos del servicio de urgencias, después de que los profesionales de este servicios denunciasen lo ocurrido ante la Fiscalía. El propio Feijóo se sumó a la negativa de incidencias asegurando que la denuncia por dos muertes en las urgencias de Santiago es una “acusación falsa”, aunque reconoció que “fallamos al no escuchar y descuidar la Atención Primaria en los últimos años”.

Sí, porque en los últimos años, la sanidad en Galicia ha caído en una situación profundamente preocupante. Y de forma especial la Atención Primaria. Lo dicen los pacientes, los profesionales que trabajan en ella y que son los que saben de su situación real; lo dicen sus allegados, el Defensor del Paciente, los sindicatos, el Consello de Colegio de Médicos, los partidos políticos, asociaciones diversas y todo aquel que se ve obligado a utilizar un servicio en el que algunos profesionales despachan hasta cincuenta consultas en una sola jornada laboral.

Las interminables listas de espera –pese al recorte al que aseguran que se someten–, el cierre de servicios, la reducción del número de profesionales, las carencias, material obsoleto e insuficiente y la saturación de determinados servicios se suman a los problemas de fondo que atenazan nuestra sanidad. No son deficiencias de ayer; vienen de atrás pero como se quería enarbolar la bandera de la excelencia sanitaria, se negó lo evidente sin querer hacer el mínimo esfuerzo por atajarlas.

La asistencia sanitaria de Galicia no puede ser ejemplo de nada. Está a la altura de las de otras comunidades, como la andaluza o la catalana, que sí reconocen la existencia de problemas. Pero aquí se negó la realidad y ahora nos encontramos con dimisiones en bloque, protestas generalizadas y muerte en los propios centros sanitarios. Y es que hace años se enarboló la bandera de una sanidad ejemplar y envidiable. Pero ha llegado el momento de que con la misma solemnidad, las tropas formadas y sonando la marcha de los derrotados para la mayor gloria del fracaso, el presidente Feijóo se decida a arriar la bandera sanitaria. Esa que estuvo ondeando al viento por medio mundo sin merecerlo.



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