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¿Se puede volver a repoblar Galicia solo con políticas de natalidad?

PUBLICADO O 25 DE ABRIL DE 2019 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


Es novedad pero no casualidad que la voz de la España rural se haya dejado sentir en medio de la precampaña electoral. El envejecimiento y la concentración urbana de la población no es un hecho aislado en el mapa europeo ni comenzó ayer, lleva años forjándose y responde a un amplio abanico de factores que no se atiende con una solución fácil y mucho menos única. Es habitual hablar del envejecimiento de la población con una connotación negativa, cuando lo que refleja es el éxito colectivo de las políticas públicas de salud y bienestar, que permite a su población ampliar las expectativas de vida. El problema no es el envejecimiento sino el desequilibrio que se produce en la relación entre los mayores y los jóvenes, que hace que se reduzca la proporción de población en edad laboral, y con ello peligre el mantenimiento del Estado de Bienestar. Es preciso actuar.

Pero, ¿qué significa actuar en el ámbito demográfico? La respuesta puede pasar por la simpleza de reclamar un mayor número de nacimientos, pero sería en vano. Hay que comenzar por avanzar en las políticas de igualdad de oportunidades y garantizar el desarrollo de las carreras profesionales femeninas –de igual modo que las masculinas– para recuperar los índices de natalidad y reducir la diferencia entre el deseo y la realidad de ser padres. En el Informe España 2018 se evidencia que existe una brecha entre el número niños que nacen (1,3) y el promedio de los que se desean (2,1), lo que apunta a la existencia de muros que parecen infranqueables para dar cumplimiento a las aspiraciones reproductivas de muchos jóvenes, casi siempre relacionados con la carencia de medios económicos.

No parece que sea la expansión educativa femenina o la incorporación de la mujer al mercado laboral la causante del desastre demográfico, más bien al contrario, dos salarios son mejor que uno para incentivar los nacimientos. Lo que sí evidencia esta decisión es que la inestabilidad laboral de los jóvenes, la temporalidad de los contratos y las bajas retribuciones salariales en el momento en el que se han de tomar las decisiones reproductivas, marcan el “relevo generacional”. Aquellos que apuestan por lanzarse a la aventura de ser padres en estas condiciones han de lidiar además con un desajuste estructural entre los horarios laborales y los escolares, la falta de guarderías públicas de 0-3 años, el desaprovechamiento de nuestros mayores en la cadena de la natalidad, y un sinfín de atrancos que retraen a otros a la hora de afrontar la decisión nuclear de la vida.

Entonces, ¿existen los milagros para revertir la baja tasa de fecundidad que revela España y, en concreto Galicia? No, no los hay, y menos aun el deseo o la conveniencia de volver a las tasas de natalidad de principios del s. XX, hoy los tiempos han cambiado. Pero entre un extremo y el otro hay que encontrar un punto intermedio. Si es cierto que los jóvenes de hoy desean tener más hijos, y si convenimos que el beneficio de esta decisión no es solo personal sino también social, la conclusión está clara: hay que socializar los costes. El peso de la crianza de los hijos no puede ser solo un factor individual y privado, la sociedad ha de corresponsabilizarse, repartir los costes actuales para que en el futuro se puedan repartir los beneficios. Los niños son una inversión de futuro para una la sociedad. Si tenemos esto claro, podemos estar de acuerdo con la afirmación de Livi Bacci: “La humanidad vive en contextos físicos, sociales y económicos que se transforman continuamente y requieren de capacidad de respuesta y de adaptación a las modificaciones del ambiente en el que vive. La población es parte fundamental de estos procesos y el desarrollo de sus componentes es objeto de una continua observación, análisis e interpretación”.

En este sentido, no debemos caer en la tentación de focalizar el problema demográfico solo en la evolución de la natalidad o fecundidad, es un asunto de índole económica y los datos aquí son incontestables. Entre 2001-2008 se produjo un repunte de la natalidad, coincidiendo con la fase expansiva del ciclo económico, que se retrajo de nuevo con la crisis. Esto hace pensar que no es válida la visión estática y tradicional de analizar la demografía. El futuro no está escrito, se puede cambiar, pero ello precisa de una puesta al día de las políticas públicas y asumir un compromiso claro a medio y largo plazo, en el que se incluya la estrategia poblacional transversal en todos los ejes nucleares de la administración, al tiempo que se involucre también a los agentes económicos y sociales privados. No valen ya los análisis cuantitativos, hay que bucear en lo cualitativo y actuar en la demografía a través de la política social, económica y cultural.

Este tema es clave para Galicia, donde el cambio demográfico es un hecho y comparte características comunes al resto de España y Europa, pero tiene otras que le son propias. El índice de fecundidad es de los más bajos del mundo, el retraso de la primera maternidad hasta los 32 años también bate récord, y si a esto añadimos las dificultades de emancipación de los jóvenes –que alientan oleadas de emigración– tenemos como resultado que nuestra comunidad es la segunda de España con mayor índice de envejecimiento y la tercera con la fecundidad más baja. Galicia ya tiene su diagnóstico, avalado por un amplio grupo de expertos que han trabajado en el Observatorio Galego de Dinamización Demográfica para ofrecer su radiografía a través del informe Galicia, perspectivas Demográficas. Sin duda, este debe ser el punto de partida para afrontar el desafío de encarar el reto demográfico. Hay que diseñar una hoja de ruta bien definida y sabiendo aprovechar las oportunidades económicas que se abren con la próxima revolución tecnológica, que podría quedar para quedarse, si se apuesta claramente por ella, al lado de la tan manida regeneración del rural a través de la industrialización de sectores como el forestal, el lácteo o el vitivinícola, con todo un potencial por explotar. Los cambios que se requieren son muy profundos, no es solo una cuestión de concienciación y acción pública, pero es fundamental que esta sepa guiar e implicar a los agentes económicos, financieros y humanos. Si la sociedad gallega cree en sí misma, claro.



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