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La falta de gobierno es un desgobierno

PUBLICADO O 22 DE AGOSTO DE 2019 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


Desastre, fracaso… y tantos otros sinónimos sirvieron para calificar el esperpento de investidura fallida del pasado mes de julio. Pocos se atrevieron –después del 28 A– a vaticinar que este sería el resultado de la primera vuelta, si bien, visto con perspectiva, no es de extrañar porque el proceso empezó viciado. Los posibles aliados, que a priori estaban llamados a entenderse para formar gobierno, no son tal y se han revelado enemigos íntimos.

En teoría de juegos, el comportamiento que tuvieron los líderes del PSOE y de Podemos se conoce como el “game of chicken” o juego de la gallina, que está asociado a procesos de negociación que no son de suma cero. Es decir, el principio que rige este comportamiento es la base de un método en el que cada una de las partes se retrae para hacer concesiones hasta el minuto final, y confía en que la presión psicológica que ejerce sobre el otro le obligue a ceder. En el caso de que ninguno de los dos se apee de sus exigencias, se produce una colisión en la que pierden todos. Lo racional es que alguien gire el volante antes de chocar, porque los costes a asumir serían inferiores, pero se ve que la dimensión de los egos de los jugadores en esta ocasión les impidió virar y prefirieron perderlo todo antes de hacer concesiones al otro. Los demás actores políticos, que también jugaron a su manera, no lo hicieron mejor. La táctica de Ciudadanos de anunciar de manera ostentosa el bloqueo de su volante antes de que el vehículo comenzase el duelo, no resultó ser válida, más bien puede tildarse de nefasta, que no conduce a nada más que al bloqueo.

Esta lectura hecha en términos políticos tiene importantes consecuencias económicas. Al problema del enfriamiento de la economía hay que añadir otros como la sostenibilidad del Estado de Bienestar, la deuda, el déficit, la desigualdad, etc. El ciclo expansivo parece estar desacelerándose, de tal manera que la economía española cerró 2018 con un crecimiento de 2,6 %, unas 0,4 décimas menos que el año anterior y un punto por debajo del registrado en 2015. Las cifras siguen siendo positivas, pero mucho menores que en ejercicios precedentes y todo ello en un contexto internacional de gran incertidumbre. La caída de la inversión, las menores exportaciones o la retracción en el consumo interno son los síntomas de un resfriado al que, si no se le pone freno, puede acabar siendo una neumonía o algo aún peor en un entorno internacional poco halagüeño en el que a las políticas proteccionistas de Trump hay que añadir los efectos un posible Brexit duro el próximo 31 de octubre. ¿Estamos preparados para ello?

Estas amenazas y sus derivadas debieran ser suficientes para que los políticos se tomen en serio la formación de gobierno. El tiempo que Julio Verne tardó en llevar al británico Phileas Fogg a dar la vuelta al mundo, ochenta días, no fue suficiente para llegar a un acuerdo de gobierno capaz de sacar adelante la investidura. Cumplir con el sistema de financiación de las comunidades autónomas, avanzar en las inversiones, reformular políticas básicas del estado de bienestar, etc. debiera estar en la agenda más urgente del futuro gobierno, con especial atención a un problema que es tabú, pero que se revela cada vez más importante: la pobreza juvenil.

Por primera vez en décadas hemos asistido a la ruptura del ascensor social, que permitía a las nuevas generaciones situarse por delante de la anterior. Mientras en el 2010 la consigna que llenaba los muros aledaños a la Universidad de Barcelona decía “de mayor no quiero ser mileurista”, hoy esta parece la panacea a alcanzar. Sean camareros o investigadores de alta cualificación, los jóvenes anhelan ser mileuristas. Vale este dato para explicar que la edad de emancipación es cada vez más tardía y supera ya los 30 años para uno de cada cuatro ciudadanos.

A esto hay que añadir el resultado de un reciente estudio del Banco de España que arroja que el precio de la vivienda en alquiler ha experimentado una subida superior al 50 % desde 2013. Este incremento pesa como una losa sobre los más jóvenes, y añade una carga financiera adicional a la precariedad laboral. Este colectivo es el que más recurre al arrendamiento, un 30 %, muy por encima de la media española. Las mayores subidas se han producido en los núcleos urbanos más grandes y en los municipios turísticos. La vivienda como inversión, la proliferación de fondos propietarios de viviendas en alquiler o el impacto de los arrendamientos turísticos son solo algunos de los factores que explican estas subidas, a los que habrá de poner coto de alguna manera.

En fin, de igual modo que después de la II Guerra Mundial se consiguieron los consensos necesarios para acabar con la pobreza de los mayores, es ahora el turno de aunar las fuerzas para atajar la pobreza juvenil. Su presente condiciona el futuro de la sociedad y está en juego nada menos que la cohesión social. Los políticos necesitan tener conciencia de esto y remar en la misma dirección para no dejar naufragar al país. ¿Habrá un gobierno pronto o no será hasta el año 2020?



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