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Estamos en guerra

PUBLICADO O 24 DE MARZO DE 2020 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


Lo de estamos en guerra lo ha dicho Emmanuel Macron porque si lo decimos cualquiera de nosotros, en el mejor de los casos, nos apedrean. Pero es cierto. Estamos en guerra. Una guerra con la que no contábamos y que nos va a dejar más heridas que las tradicionales de misiles y bombas de racimo. Creíamos que la guerra es la que estaban librando EE. UU. y China para ver quién era más espabilado, o la batalla por el 5G, pero nos llegó silenciosa y mortífera. Y sobre todo, nos sumió en un estado de depresión y pánico del que no vamos a salir indemnes. Que estamos en guerra lo ratifica el hecho de que algunos estados han comenzado a aplicar una economía propia de un conflicto bélico, interviniendo la producción de productos de primera necesidad.

Hay un antes y un después del coronavirus. Y si antes soñábamos con ese mundo feliz, que nos describía Aldous Huxley, un mundo con la humanidad permanentemente dichosa, sin guerras ni pobreza y todos con buen humor, saludables y tecnológicamente avanzados, ahora nos vamos a tener que enfrentar a tiempos en los que las penurias de todo tipo, pero de forma especial económicas, van a marcar nuestros devenires.

No es necesario preguntarse cómo y por qué una pandemia puede destrozar una economía mundial del potencial de la que disponemos, ni cómo es posible que sabiendo con antelación del ataque del virus las medidas adoptadas no fuesen de necesarias. Sin duda el “estamos en guerra” de Macron lo explica todo, porque un sistema económico globalizado como el nuestro puede colapsarse en cualquier momento, porque vive al límite.

Y eso pese a que los estados han decidido jugar un papel preponderante. Con Europa al frente y la decisión del BCE de poner en marcha un programa de compra de bonos públicos y privados de 750.000 millones de euros, después de recibir duras críticas, la mayoría de los estados miembros de la UE decidieron realizar planes para hacer frente a los efectos de la pandemia en su vertiente económica. Francia dio el primer paso prohibiendo los desahucios y movilizando 45.000 millones en ayudas a trabajadores y empresas e inyecta liquidez por 300.000 millones; Italia prohíbe despidos y ayuda a autónomos y empresas y España con un plan de ayudas económicas sin precedentes.

Las Bolsas reaccionaron con euforia y la patronal alabó la decisión del Gobierno español de movilizar 200.000 millones, 100.000 de ellos en avales, además de otras medidas no menos trascendentales como una moratoria en el pago de hipotecas, prohibición de suprimir los servicios básicos a colectivos vulnerables, exonerar de pagar la Seguridad Social a algunos autónomos, y de cuotas a las empresas que no realicen despidos, blindar a empresas del Ibex de inversores extranjeros o conceder el paro a trabajadores afectados por un Erte, aunque no hayan cotizado lo suficiente.

Lo de Pedro Sánchez y su Gobierno es un plan de choque recibido con alivio y satisfacción por la mayoría de la población y elogiado por los sectores implicados. Pero es un plan de choque para un tiempo de guerra que no va a evitar que vuelvan los malos tiempos. Ni los atentados del 11-S, ni la crisis originada por Lehman Brothers en septiembre de 2008, tuvieron una influencia de la profundidad de la actual. Porque las economías, entre ellas la española, no habían logrado recuperarse del todo y porque el crecimiento no había adquirido la velocidad de crucero.

España hace frente a la pandemia endeudada. Interna y externamente. La deuda pública supone el 97,9 % del PIB y la externa con el 77 % del PIB, muy por encima de los límites establecidos por Europa que la sitúan en el 35 %. En estos años, ningún Gobierno ha cumplido sus objetivos de déficit.

Tampoco el paro estaba en su mejor momento, pese a los puestos de trabajo creados. Pero las previsiones son aterradoras. Hablan los economistas que el español puede salir de la crisis con más de cuatro millones de desempleados, un retroceso de una década en lo logrado para recuperarnos de la crisis financiera. Por la vertiente positiva, apuntar que los hogares se encuentran menos endeudados que en la anterior crisis. Pero tampoco cuenta ya con la tabla de ahorro, abuelos y pensionistas a la que se agarró para sobrevivir entonces.

Pagaremos, y con creces, los efectos económicos de la pandemia. Y la economía de guerra, como comienza a llamársele, de los estados pasará factura. Es pronto para pensar en eso. Lo urgente es parar este horror. Pero que sepamos que antes o después nuestros bolsillos se resentirán.



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