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La pandemia de la pobreza

PUBLICADO O 03 DE DECEMBRO DE 2020 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


El Fondo Monetario Internacional acaba de alertar que la pandemia de coronavirus está “exacerbando la ya de por sí alta desigualdad en España”. No era necesario porque las organizaciones humanitarias que operan en el territorio español y en Galicia están lanzando cada día llamamientos desesperados al verse desbordadas por las peticiones de ayuda. La Rede Galega contra la Pobreza, integrada por 140 entidades sociales, también advierte del deterioro de la calidad de vida. Los colectivos más vulnerables se alejan a pasos gigantescos de una posible recuperación, en la que se creyó en algún momento. Y las llamadas desesperadas a la solidaridad de suceden.

Esta pandemia no es solo sanitaria. Ni económica, o social. Es humanitaria; sobre todo humanitaria. Si antes de la explosión pandémica, 655.000 gallegos se encontraban en situación de pobreza o exclusión social, un 24,3 %, la situación a estas alturas se ha agravado de forma notable con un importante incremento. La nuestra es una de las autonomías donde el virus más profundizó las desigualdades. Porque el mal no solo golpea a quienes ya padecían necesidades sino que lo hace con quienes perdieron sus trabajos o vieron mermados sus ingresos. La renta básica, que percibe un porcentaje insignificante de los solicitantes, no ha solventado ni mínimamente el problema.

El riesgo de pobreza y exclusión en España es 4,3 puntos superior a la media de la UE (21,8 %), lo que supone la séptima tasa más alta del club comunitario. Por arriba solo están Bulgaria, Rumanía, Grecia, Letonia, Lituania e Italia. Con datos de 2018, que son los ofrecidos por Eurostat, el país es también el cuarto con peor evolución de la tasa desde el año 2008.

Y sin ser la peor de España, porque otras comunidades viven situaciones más preocupantes, Galicia atraviesa momentos especialmente difíciles. El Banco de Alimentos de Lugo pasó de repartir 12 toneladas a la semana a superar las 20, y atiende a más de 1.500 familias, el doble de hace un año. La despensa del Banco de A Coruña está bajo mínimos: “Necesitamos de todo”, dicen sus responsables. Esta institución perdió el 40 % de sus fondos mientras las demandas suben un 20 % en Santiago. Y la demanda de ayuda aumenta un 40 % en la provincia de Pontevedra. Cada mañana los medios de comunicación nos muestran las caras de la pobreza en las largas colas ante comedores sociales o entidades benéficas. Son colas, en casi todos los casos, de la vergüenza, porque la mayoría de quienes las forman no preveían hallarse en ellas. Pero el mundo se les ha derrumbado y quienes ayer se creían alejados de la pobreza, hoy están inmersos en ella.

Lo más preocupante es que la situación, con ser dramática, aún no ha llegado al límite. Desde el FMI aventuran que lo peor llegará en el plazo de tres a seis meses. Puede que entonces la miseria circule ya con total normalidad por nuestras calles ante la ausencia de medidas para atajarla. Estamos dejando el combate contra la miseria en manos de la generosidad ciudadana. Pero la solidaridad no va a ser suficiente ante el agravamiento de la situación y las preocupantes perspectivas. Las administraciones han de tener un protagonismo mayor y asumir la responsabilidad que les corresponde para que que no falte alimento a quien lo necesita. Especialmente en un país que se jacta de su sociedad de bienestar. Que, según parece, la ampara la Constitución.



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