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¿Es el bitcoin el nuevo tulipán digital?

PUBLICADO O 16 DE MARZO DE 2021 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


Corría el s. XVII cuando en los Países Bajos se desató una fiebre especulativa que tenía como objeto de deseo unos bulbos de tulipán. El éxito de la compañía de las Indias Orientales y el gusto por las flores de los holandeses, especialmente las que tenían alguna característica exótica, los convirtieron en objeto de deseo, símbolo de riqueza y medio de ostentación. La realidad es que los tulipanes se vieron invadidos por el pulgón que transmitía el Tulip Breaking Potyviruses, que los transformaba de ordinarios y monocromos a multicolor y únicos. Aquel fenómeno desconocido hasta el momento llamó la atención y el deseo de hacerse con ellos, lo que incrementó significativamente su demanda. El mecanismo de mercado hizo que el precio del tulipán creciese hasta el punto de que algunos compradores llegaron a intercambiar un solo bulbo por lujosas mansiones o a contratar hipotecas sobre las mismas para alcanzar la flor más especial.  

Durante más de una década el precio del tulipán creció y creció de modo que parecía no tener fin y, claro, todos quisieron invertir en ese “activo” que, en su mejor momento, llegó a revalorizarse un 500 %.  La peste bubónica contribuyó a que la falta de mano de obra por la merma de la población holandesa alentase también un mercado de futuros a partir de los bulbos non natos. Un “negocio de aire” o también conocido como windhandel. El que más o el que menos tenía un buen dinero invertido en bulbos que dejaron de intercambiarse físicamente y llegaron a ser meros apuntes contables o notas de crédito. Su cotización en bolsa desató la locura entre burgueses, artesanos y operarios, sin que nadie advirtiese del riesgo inherente a una clara burbuja especulativa. En 1637, tras un año de malas cosechas, las tensiones se apoderaron de un mercado en el que la desconfianza de las garantías multiplicó las órdenes de venta e hizo pinchar la burbuja que desató una gran crisis económica. 

El mecanismo de generación y explosión de las burbujas es siempre igual y debería aprenderse de la historia, pero parece que no es así.  Tras la euforia irracional inicial, viene el pinchazo final y… ya se sabe, el necio acaba confundiendo el valor con el precio, fruto no tanto de la ignorancia como del exceso de presunción. Desde el punto de vista económico las burbujas son irracionales, por ello hay que añadir factores sociológicos, psicológicos y también políticos para tratar de entenderlas. La lógica del hombre que cambió su casa por un tulipán es semejante a la que llevó a pensar en los noventa que las 'puntocom' podrían valer más que las empresas energéticas, a principios del 2000 que los ladrillos eran lingotes de oro o ahora a que el bitcoin pueda capitalizar más que todo el Ibex 35.

Las criptomonedas no son monedas en sentido estricto, aunque adopten ese nombre. Son instrumentos de pago sin soporte físico que el Banco Central Europeo definió como “dinero no regulado, digital, que se emite y se controla por sus desarrolladores” sin que sea emitida ni garantizada por ningún banco central ni por autoridad pública alguna. Carece de estatuto jurídico de moneda o dinero y, aunque son aceptadas como medio de cambio, no están ligadas a ningún país concreto, por lo que ninguna nación las respalda. 

La primera moneda virtual, el bitcoin, nació en el año 2008 tras la quiebra de Lehman Brothers, con el objetivo de ofrecer una alternativa a las monedas fiduciarias, de la mano de un misterioso Satoshi Nakamoto, del que se desconoce su verdadera identidad. El bitcoin utiliza funciones criptográficas a través de una red de seguridad de blockchain que, dicen, resiste los ataques de cualquier ordenador cuántico ni siquiera inventado. En poco más de una década las criptomonedas se han multiplicado  hasta el punto de que se ha creado un micromundo en el que se paga con dinero digital, a sabiendas de que cualquier problema que se produzca no tendrá detrás a nadie que responda ni salve a sus tenedores. Carece de mecanismos contracíclicos así como también de un Banco Central que recoja las migajas una vez que la burbuja explote, si es que explota. Su microcosmos se basa en la confianza puesta en la seguridad de la red y en que sus operadores no son, en su mayoría, estafadores, pero la opacidad de sus operaciones impide verlo. Es cuestión de fe.

Todo esto no tendría mucha relevancia si no fuese porque tan solo el 4 % de sus emisiones se utiliza para realizar pagos, el 96 % restante es especulación pura y dura. Se ha convertido en un activo especulativo muy potente y atractivo, más aún cuando Elon Musk y otras grandes fortunas han entrado en ese mundo llevando su cotización a máximos históricos inimaginables hace solo una década. Pero la pregunta es: ¿el potencial alcista del bitcoin ha llegado para quedarse? Quien sabe, más aun si se piensa a largo plazo. Lo único cierto es que, cuando se invierte en un activo sin conocimiento alguno sobre él con el único objetivo especulativo en base a expectativas irracionales, la historia enseña a que suele terminar en tragedia. Lo que parece haber es mucha gente dispuesta a unirse a una fiesta a corto sin pensar qué puede ocurrir a largo.

Quédese con este dato, un bitcoin valía en 2009 un dólar, cuatro años después se había revalorizado un 10 %, pero a partir de 2013 su carrera ascendente parece no tener fin y en el último año su incremento ha sido de 443 % (¿recuerdan los tulipanes? Llegaron a revalorizarse un 500 %), hasta superar los 50.000 dólares, si bien a partir de ahí ha encadenado varías caídas diarias superiores al 20 %, que no se sabe cuándo van a parar. Los criptoactivos incorporan una gran volatilidad y una dosis elevada de especulación, que hacen llamar la atención sobre la cautela a la hora de posicionarse en ellos. 

Es conveniente no repetir el síndrome del necio que tiene síntomas tales como la irracionalidad, el exceso de confianza, el autoengaño consentido, la envidia del beneficio ajeno, una asunción excesiva de riesgo o no saber retirarse a tiempo. En decisiones de inversión cabe la cautela permanente, la humildad suficiente y el necesario conocimiento de dónde se invierte para, sin llegar a  arriesgar nunca el patrimonio existente, tomar posiciones.  

Ya lo decía Platón, “la pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos”. 



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