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El último que apague la luz

PUBLICADO O 21 DE XULLO DE 2021 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


El comportamiento de la economía española puede calificarse de bipolar. Cuando vienen mal dadas la actividad económica cae de manera abrupta, del mismo modo que cuando llega la reactivación, la fiesta se hace a lo grande. La crisis derivada de la covid-19 y los fondos europeos pueden dar paso a un momento “Rooseveltiano” y a un nuevo “New Deal”, un cambio de paradigma económico que corrija los problemas estructurales existentes y que la pandemia ha dejado al descubierto. Es el momento de pararse y pensar. Pensar en la construcción de un proyecto común de país, pensar en el grado de distribución que se ha de asumir y pensar que los fondos Next Generation no son un maná caído del cielo sino el instrumento que debe servir para sentar las bases del futuro próximo, que tienen ventajas, pero también riesgos de que se produzcan más tensiones territoriales, empresariales y sociales.

En medio de esta transformación el gran reto es seguir manteniendo el estado del bienestar, reforzado en aquellos aspectos que han tensado sus costuras. Para ello hay que apostar fuerte por una formación que dote de capacidades y habilidades a los integrantes del mercado laboral. Solo de este modo se podrá afrontar una redistribución capaz de forjar una sociedad justa que debe apelar e implicar a las grandes –y pequeñas- corporaciones para que huyan de la precarización en el empleo, los bajos salarios y los impuestos derivados a paraísos fiscales.

La incertidumbre sobre el calado de las reformas que están por venir es mucha pero la transición hacia la digitalización y la economía verde tiene, necesariamente, que ser justa. No se alcanza esa justicia a golpe de improvisación sino afrontando las grandes reformas pendientes. Una de ellas es, sin duda, la del sector de la energía eléctrica. El día 1 de junio entró en vigor una nueva factura de la luz que aplica la discriminación horaria según el tipo de consumo. El Ministerio de Transición Ecológica pretende, según explicó su titular, que los hogares se adapten a nuevos hábitos de consumo y, ante un horizonte de electrificación que duplicará la demanda, trasladen su demanda hacia los tramos valle. Lo que, a priori, puede parecer una buena idea, no es una buena medida a corto plazo, pues ayuda a encarecer la factura para los más desfavorecidos y pequeños negocios en un momento clave para su recuperación, sin los incentivos y ayudas necesarias para la transformación. La evidencia de que no fue una buena idea es que tan solo 25 días después de su entrada en vigor, el BOE publicó una disposición extraordinaria para ayudar a contener la subida del precio de la luz, nada menos que una rebaja de 11 puntos en el IVA, que pasará de la tarifa general a la reducida del 10 % para aquellos consumidores que tengan una potencia contratada inferior a 10 Kw, siempre y cuando el precio del mercado mayorista se sitúe por encima de los 45 euros por MWh –en junio superó los 80– En paralelo, la norma suspende durante tres meses el impuesto sobre el valor de la producción de energía eléctrica. Pero, ¿acaso fue la subida de impuestos lo que provocó el incremento en el precio de la luz? Evidentemente no, la causa se llama mercado marginalista y la subida en la cotización de los derechos de emisión.

La tarifa eléctrica es el resultado de sucesivas intervenciones políticas, que han convenido que los precios de la energía se fijen a diario a través de un “pool” eléctrico, es decir una “piscina” que los productores van llenando de energía producida desde la manera más barata –hidráulica, nuclear, renovables, etc.– hasta la más cara, de ciclo combinado. Una vez llena la “piscina” se casa la oferta con la demanda al precio marginal, que cobrarán todos los productores, independientemente del coste de su producción. En estos momentos en los que el gas está a precios astronómicos y la cotización de los derechos de emisión de CO2 en máximos históricos, el precio de la energía sube sin parar, entonces… ¿qué pintan en todo esto los impuestos? Pues no son más que la espuma de la superficie de una piscina que no deja de llenarse con agua y que si no se ataca el principal problema, en breve volverá a desbordar. La bajada de impuestos es el apaño fácil y rápido, pero no es la solución al problema.

Mientras la bajada de impuestos supondrá un ahorro de 6 euros mensuales para un usuario medio, supondrá una caída en la recaudación impositiva de entre 1.000-1.300 millones de euros según la AIReF –Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal–, casi la mitad de lo que cuesta financiar el Ingreso Mínimo Vital. Esta medida, que no soluciona el problema del precio de la luz, va a repercutir de manera muy negativa sobre el déficit que, si bien parece no preocupar ahora, lo hará a partir de 2023 cuando España tenga que volver a la senda de consolidación fiscal europea.

La política fiscal, que agita el debate cuando se anuncian subidas y apacigua el ambiente cuando se aprueban rebajas impositivas, tiene una cara, pero también una cruz, la contraparte de que cuanto menos ingrese el sector público menor será la disponibilidad de recursos para gasto e inversión. Hay un lema que, aunque pertenece a la Agencia tributaria estadounidense, bien podría aplicarse aquí: “Los impuestos son aquello que se paga por vivir en educación”.



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