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En memoria del Dr. Barraquer Moner



TERESA ROCAMONDE - FOTOS: MIGUEL MUÑIZ · PUBLICADO O 28 DE SETEMBRO DE 2016 · (0)




El mes pasado fallecía uno de los oftalmólogos más prestigiosos del mundo, el Dr. Joaquín Barraquer, a quien pudimos conocer en persona en 2011 gracias a la invitación de la Fundación La Rosaleda para impartir, con 84 años, una charla sobre los últimos avances en cirugía ocular. Una visita que nos acercó no solo al catedrático sino a la figura que representaba la tercera generación de una saga dedicada a la salud ocular en España.

Nacido en Barcelona en enero de 1927, Joaquín Barraquer Moner era uno de los siete hijos de Ignacio Barraquer Barraquer, fundador de de la Clínica Barraquer de Barcelona, y nieto de Antonio Barraquer Roviralta, primer catedrático de Oftalmología de la Universidad de Barcelona. Al igual que su padre, forjó su vocación en la consulta familiar, en la que realizó su primera intervención de cataratas con 13 años –los mismos con los que había operado su padre por vez primera en 1897–, aunque siempre matizaba que él había operado una catarata en un ojo que debía ser extraído por sufrir un tumor, por lo que “si salía mal, no pasaba nada”. Y salió bien.

Tan bien que aquel adolescente se convertiría uno de los mayores expertos en cirugía de catarata y glaucoma, además de ser pionero en la inclusión de lentes intraoculares para corregir la miopía y revolucionar las técnicas quirúrgicas oftalmológicas. Creó la Fundación Barraquer y el Banco de Ojos para Tratamientos de la Ceguera y ostentaba el título de doctor honoris causa y profesor honorario por once universidades de todo el mundo. Y continuó trabajando prácticamente hasta su muerte.

Cuando en abril del año 2011 vino a Santiago de Compostela, presumía con orgullo de una agenda en la que apenas quedaban minutos libres al día, que ocupaba trabajando –continuaba viendo pacientes y operando varios días a la semana– pero también cuidándose y disfrutando de sus aficiones: jugaba al golf y nadaba en la piscina privada que tenía en su domicilio, en el mismo edificio de la clínica, a la que bajaba directamente en ascensor desde desde su habitación. También le gustaba el cine y, sobre todo la música, su gran pasión… tras la Oftalmología.

En sus viajes, cuidadosamente programados y donde nada quedaba al azar, iba acompañado de numeroso personal que se ocupaba de que todo estuviese tal como el Dr. Barraquer deseaba dejando, en quienes lo tratamos esporádicamente, una evocación de vieja estrella del rock más que merecida, a la vista de una biografía que no desmerece a la del más excéntrico Rolling Stone.

Porque antes de convertirse en uno de los más reputados Oftalmólogos del mundo, Joaquín Barraquer fue el hijo de un genial médico exiliado que marcó no solo el devenir de sus descendientes directos sino también de sus nietos, como recuerda frecuentemente la cuarta generación de la saga, ahora al frente del imperio familiar.

Ignacio Barraquer (Barcelona, 1884-1965) pasaba consulta en el hospital San Pablo durante la Guerra Civil cuando lo avisaron de que lo buscaban para darle “el paseo”. Logró esconderse desnudándose y mezclándose entre los cuerpos que había en el depósito de cadáveres. Así pudo escapar toda la familia, prácticamente con lo puesto, primero a Francia y después a Italia. Regresarían para fundar, en 1947, el Instituto Barraquer, dedicado a la investigación, a la docencia y a la difusión de nuevos tratamientos, y que se convertiría en santuario mundial de la oftalmología donde el pequeño Joaquín iría forjando su historia, siempre de la mano de un padre tan brillante como extravagante.

El propio Joaquín recordaba muchas veces como el amor por los animales de su progenitor le llevó a tener un pequeño zoo en el jardín en el que incluso había un puma y un guepardo. Y dos chimpancés, Pancho y Jocko, que según cuenta la leyenda transmitida por el propio Joaquín Barraquer, eran la debilidad de su padre, especialmente la hembra, a la que hizo un abrigo igual al suyo y sacaba a tomar el aperitivo al mítico Sandor. 

Lo que es seguro, más allá de anécdotas y curiosidades vitales, es que tanto Ignacio como Joaquín Barraquer han sido dos nombres esenciales en la Oftalmología y en la Medicina de este país no solo por sus aportaciones científicas sino también por su humanidad y su ayuda a quien lo ha necesitado tanto en su clínica barcelonesa como a través de la Fundación Barraquer creada por Joaquín en 2003 con el dinero obtenido de la venta de un Mercedes 540K –regalo del Rey Faruk a su padre– del que solo se conocían tres unidades en el mundo. La entidad proporciona tratamientos oftalmológicos a personas que viven en zonas deprimidas de todo el mundo. A día de hoy ha realizado más de 41.000 visitas, ha operado más de 9.900 cataratas y entregado más de 16.300 gafas.

Dirigida por su hija Elena Barraquer Compte, continuadora de la saga junto a su hermano Rafael, la cuarta generación de esta saga parece dispuesta a mantener la máxima que dio lugar a una de las clínicas oftalmológicas más importantes del mundo: “Tratemos al paciente como nosotros querríamos ser tratados en su lugar”. Un buen consejo en cualquier ámbito de la vida.



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